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Cultura & Espectaculo Domingo 01 de diciembre de 2018 
DE “LOS SUEÑOS DE LA ETERNIDAD”

Tempus Mensura
(Por Alejandro Bovino Maciel) En este inquietante mundo de preguntas al que hemos sido arrojados, hay conceptos tan esquivos de solidez, que nos dejan perplejos. El tiempo es, entre todos, el más soberano de estos ejemplares de incógnitas. No sabemos qué es y sin embargo, hablamos de él como si fuese algo familiar y cotidiano


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La humanidad ha intentado en vano momificarlo a través de los siglos, pero el tiempo se resiste. O, lo que es aún peor, nos hace creer que continúa fluyendo, indiferente a nuestros esfuerzos por convertirlo en materia clara y tangible, como esas ideas “claras y distintas” que Descartes nos aseguraba que alberga el alma en forma innata, como semillas de la verdad.

Reiteradamente, el tiempo nos frustra.

Una y otra vez nos demuestra que ni es materia ni es tangible. Nos desafía constantemente a crear máquinas para obligarlo a salir de su guarida invisible y manifestársenos, desde esos punzones antiguos que se exponían al sol para indicar, por medio de la sombra que proyectaba el gnomon, el curso de las horas pasajeras. Pero fue en vano. Ni siquiera el sol se mantenía constante porque el tiempo no se lo permitía, como no se lo permite a ninguna criatura sometida a su gobierno. Tampoco la clepsidra resultó merecedora de confianza: aquellas trémulas gotas de agua bajando morosamente por un cuello estrechado únicamente indicaban, de un modo autista, lo que tardaba una fuerza invisible en atraer hacia abajo el mínimo caudal encerrado entre los dos recipientes. Los intrincados mecanismos metálicos de tambores, trinquetes y ruedas catalinas de escape de la relojería mecánica tampoco pudieron explicar nunca lo que medían. Si bien el ingenio y la paciencia de suizos y chinos perfeccionó el arte de crear maravillas de bronce, acero y gemas, toda esa artillería solamente sirvió para medir con más precisión la duración y la tardanza que mediaba entre un fenómeno y otro, pero jamás pudo medir el origen de dónde emergía esa duración ni el final con el que se confundía. Las girantes ruedas dentadas, los áncoras y espirales, molían lentamente cada tramo del lapso que transcurría entre diente y diente; pero jamás han conseguido atrapar un instante fijo en esa milenaria pasión por masticar la eternidad que le imprimieran los relojeros.

Seguir al tiempo, entonces, es la ley o maldición humana que nos condena a vivir pendientes de él sin que sepamos qué es.