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Cultura & Espectaculo Martes 12 de febrero de 2019 
Corrientes y el Nuevo Cancionero
(Por Alejandro Bovino Maciel). Es difícil asignar generaciones, grupos, capellanías o fraternidades literarias más allá de las convenciones curriculares o didácticas. Anotar a tal autor o autora dentro de cierto movimiento siempre genera inquietudes, recelos y no faltará quien opine todo lo contrario.


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Por eso se hace difícil encasillar la obra de Oscar Portela (foto) y la de la querida Élida Manselli. Ambos tuvieron afinidades, y aún más, compartieron el dulce pan de la amistad. También el territorio poético fue la áspera llanura correntina, Oscar Portela porque nació y creció en parte en Loreto, donde el paisaje se impone frente a frente.

Imaginemos un viejo pueblo de provincia, con casas bajas, tejas, calles a medio trazar entre el pavimento y el arenal que parece invadir lentamente todo. Imaginemos un atardecer allá, en ese límite infinito entre el cielo rojizo y esa tierra que también quiere ser un límite entre la civilización con sus construcciones y la naturaleza que la desafía invadiéndola desde los suburbios. Imaginemos lagunas y esteros brillando silenciosamente de noche. Esa fue o pudo ser la primera infancia de Oscar Portela.

Élida ha sido la esposa de Francisco Madariaga y también se dejó ganar poco a poco por ese paisaje agreste de amaneceres casi fantásticos y noches de apacibles estrellas. Una noche en que festejábamos algo con un grupo de amigos, ya no recuerdo qué, Élida me comentó que acompañaba con frecuencia a Francisco Madariaga a una propiedad que tenían en Mantilla, creo. O en otro de esos pueblos casi olvidados de la provincia de Corrientes. Y que tenían unos caballos y disfrutaban mucho de esos viajes que, en el contraste con el fárrago de luces y ruidos de Buenos Aires, aquello era como otro continente.

Creo que la mejor filiación para ambos poetas es esa fuerza tomada de los elementos naturales y que no es imposible identificar con Corrientes en muchos casos. Esa es la mejor academia a la que podemos adscribir la fuente de escritura tanto de Oscar Portela como de Élida Manselli. Aunque las especificaciones escenográficas no están siempre presentes, es difícil escribir como Élida:

“Compañera de vendavales/ de la magia de las estrellas, del verdor/ de la ciencia./ Hay un color que no cambia en los ojos/ si se responde a la primera luz”/ Si uno no ha sido testigo de aquellas tierras.

O, como Oscar: “El que ha huido del mundo dejando tras de sí el desierto que crece, la gran voz de los muertos”, de algún modo están unidos por un instante a esa tierra misteriosa que se llama Corrientes, especialmente, fuera de la ciudad de Corrientes.

Allá por fines de los 60, época signada por grandes convulsiones sociales y principios de los 70, se fueron reuniendo escritores y escritoras de Corrientes en torno a una mesa que era itinerante. Hoy podían sesionar en el café de un hotel céntrico, mañana en casa de Marily Morales Segovia, otro día en un bodegón del barrio Cambá Cuá pero siempre avanzando en el análisis de una actitud crítica hacia lo que se conocía de la poesía correntina por entonces. Poco, casi nada fuera de las letras de los chamamés que no siempre eran portavoces de los poetas. Y ese tímido movimiento después se llamó “El nuevo cancionero”, organizaron un festival musical y se fueron instalando entre la música y la poesía. No soy un especialista en poesía y tampoco participé, porque era apenas un muchacho que no salía de la iglesia, de esas reuniones. Pero puedo mencionar los nombres de Sara Rolla, Cacho González Vedoya, Oscar Portela, Francisco Madariaga que se integraba cada vez que viajaba a Corrientes, Darwi Berti, la misma Marily Morales Segovia, Gordiola Niella. Quizás no sería desventurado agregar otros nombres, como el de Pocho Roch, la misma Teresa Parodi y Jorge Sánchez Aguilar. De algún modo enigmático todos ellos compartían algunas cosas y se diferenciaban en sus trabajos, como sucede con todos los artistas. Pero ese Nuevo Cancionero que, reitero, es un bautismo muy posterior, marcó un nuevo rumbo en la poesía correntina que si antes era casi exponencialmente ruralista y casi costumbrista salvo pocas excepciones, desde ese momento tendió a imaginar otros modos de acercamiento a lo regional, no ya como una simple vidriera turística, sino como un modo de reconocer en el hombre y la mujer dentro del paisaje, los viejos contrastes del sufrimiento, la dicha del ser humano de todos los tiempos y todos los lugares del planeta.

¿Fué así? Yo no estuve en ese tiempo.