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Opinion Corrientes Jueves 03 de mayo de 2017 
La lucha de hoy: del espartaquismo a la sociedad de las Comunas
(Por Arturo Zamudio Barrios) François Huttart, sacerdote, sociólogo y marxista, tras concluir que el calamitoso estado de la “civilización” capitalista (llamémosla así aunque de civilizada bastante poco tuvo), exige modificaciones de la relación entre la ciudad y el campo, se pregunta: “¿Podemos forjar el Socialismo Siglo XXI sin desmontar el capitalismo del siglo XIX?”

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Medias verdades, enteras mentiras
Elecciones provinciales
Ejercítese en aprender y así avivará la juventud en su vejez
A cien años de la gran revolución
Aunque, por supuesto, para el nivel político dominante en la Argentina de nuestros días, esto es casi arameo, y si hay algo más lejos de la conciencia que los obreros locales tienen respecto de sí, quizás haya que acoplarla a la de las dos CUT (Chile y Brasil) cuyas performances en nuestros días se han vuelto también desdichadas. Un ejemplo muy reciente: lo que los espartaquistas romanos comprendieron después de la derrota -la necesidad de la ayuda campesina- hizo pensar a muchos obreros cariocas durante la brutal represión del golpismo a la huelga general.

Mientras tanto, tras la impulsada en la Argentina por los ex comensales de Macri, más de un “dirigente” la explicó como forma de “ayuda para hacerles encontrar –a los miembros del gobierno de los CEOS- un mejor rumbo a seguir”. Poco después, el hijo de un ex cómplice de la Dictadura, habría de rogar, por su lado, a un puñado de “visitantes del medio obrero”: “no pedir demasiado”, ante la consigna “victoriosa” de la paritaria nacional, y hasta ahora los resultados concretos no brillan por su éxito”. Pues un millón y medio de personas en la calle, gritando en contra de un programa anti popular, parecen haberse trocado en “ayudantes” de un gobierno electo cuyo desconcierto no obedece, según algunos críticos, a su naturaleza de clase, sino a la falta de recursos teóricos. ¿Los habrá ido a buscar Macri, con las patas al aire, durante las más de ochenta días de vacaciones tomadas desde que asumió?

Por otra parte, la persecución de figuras extraídas de los movimientos sociales, no cesa, atacando sobre todo a indígenas de Tupac Amarú, por medio de las provincias cordilleranas cuyo racismo arrastra ya cuatro siglos. ¿Se desliga esta ojeriza de la que muestran nuestros ilustres “mandantes” hacia Bolivia, cuyo prestigio y avances en los campos nacional e internacional son cada vez más sólidos? ¿O es casual que para intentar agredir a Venezuela, la OEA –Ministerio de Colonias yanqui-ignore la Presidencia Pro témpore del Altiplano, sin poder abolir, ciertamente, su importancia en el mundo de hoy?

Naturalmente, nada existe sin antecedentes. Cuando la “crítica” al tipo de orden, en nuestros días, trata de ser lo más radical posible, no pasa de la óptica que tenían los “luddistas ingleses a comienzos del siglo XIX: la sociedad, a la manera de la sociología yanqui, se halla dividida en pobres y ricos, es decir, en los dueños del dinero y los que viven del mendrugo que aquéllos arrojan, calificados por el sociólogo como trabajadores voluntariosos. Y no falta quien habla de la pérdida en nuestros días del “espíritu de trabajo”, ante la protesta por la creciente desocupación, con cuyos efectos empalma la falta de “inversiones que brinden al asalariado el pan de cada día”. El trabajo, por lo tanto, se convierte en generosidad del rico, y pierde su esencialidad: la de fuerza social arrebatada a los productores por el propietario de los medios de producción.

¿Cuáles motivos obraron para quitar del cerebro del obrero argentino esa conciencia de clase que le destacó alguna vez, sobre todo cuando el fenómeno nada común era en otros puntos de Sudamérica? Sin duda, hubo cambios estructurales que se añaden a su “desvalijamiento” hoy tan visible: la consolidación de un sindicalismo adverso al trabajador, cuyo papel de “aristocracia obrera” –como decía Lenin- gravitó durante mucho tiempo gracias, sobre todo, a las diferencias regionales de desarrollo. Pero, además, ha habido otro tipo de variantes; en principio: la pérdida de hegemonía en las luchas –y en las necesidades comunicacionales propias de este momento de la lucha de clases- por parte de ciertos trabajadores fabriles y la ocupación de primeros planos por núcleos, intelectualmente mejor dotados pero, a la vez, más atados a la realidad vigente que el obrero fabril. El maestro, por ejemplo, tan activo actualmente ha presentado más de un dilema, y uno de ellos su sujeción a cierto orden civil, cuando la alternativa supone –o supondrá a corto plazo- cambios institucionales ajenos a los de los manuales. Y en el maestro o el Técnico del Conicet, este estar dentro y fuera, al mismo tiempo, del orden jurídico en vigor, no será fácil de superar. De ahí que la consigna de “forzar al gobierno de los CEOS a que cumplan con lo prometido”, aparezca también como planteo radical de las movilizaciones huelguísticas.

Ahora bien, la “carpa blanca” del Congreso y su participación de múltiples fuerzas en el debate, pueden ayudar a estos sectores medios a mejorar su óptica. Pues ya no basta con el Manual de Instrucción Cívica, ni con el ridículo de haber corrido a palos a “los legisladores, quince años atrás”, para convertirlos en expectables hace apenas un año y medio. De no haber sido por ello no habría llegado Macri al Poder, y menos su apuro en enajenar aceleradamente las riquezas naturales del país, como lo está haciendo ahora. ¿Basta con saber elegir el mejor voto para solucionar los problemas de pobladores que están bajo agua y acorralados, a veces, en los templos porque “la Democracia Representativa (ni demócrata ni representativa) sirve sólo para formular discursos?”.

El sociólogo Terán Mantovani manifiesta su preocupación, al ver que el conflicto venezolano pone en riesgo el “contrato social”, y soslaya un pequeño detalle: si la lucha de clases estalla, el Pacto social en vigor también se resquebraja. E importará a la larga una institucionalización que elimine el orden viejo, como lo muestra el llamado del 1º de mayo a constituyente popular. Y es esto lo que infunde esperanzas por todas partes en nuestros días; lo que ha puesto a Venezuela en los ojos del mundo: el socialismo ya no proviene de la guerra abierta, con cuantiosa pérdida de vidas, sino de una correlación de fuerzas favorable en medio de una crisis capitalista que se lleva todo por delante, si la dejamos hacer.