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Opinion Corrientes Jueves 28 de setiembre de 2017 
Leer Darwy
(Por Rolando Cánepa) Muy difícilmente se podría encontrar, no sólo en Corrientes sino en toda la región del noreste, a un periodista o escritor que, como Darwy Berti, compendie en su ser una enorme sabiduría literaria, tanto universal como la del terruño donde ha nacido

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No se trata de una sapiencia cibernética, fría y como enclaustrada en una torre de marfil, sino de una sabiduría de autores y libros que se prodiga, tanto a su gente más cercana como a centenares y quizás millares de lectores desconocidos, y que en su lectura quedan tocados por la varita mágica de su imaginación y estética en el decir de las cosas del complejo espíritu de las letras, pero también de las vicisitudes de cada día que, de alguna manera, pueden ser la materia del arte.

Lo de Darwy no es el libro extenso. Es la nota o el artículo de los diarios que no participa de la premeditación de la novela ni del estudio exhaustivo, aunque si del ensayo, a la manera de un Montaigne que se sienta a mirar la vida y la escribe. En su prosa hay un aura de todos los lugares del mundo y un tempero de su Taragüí. Pocas o casi ninguna persona tiene tanta pasión por toda la literatura universal al mismo tiempo que natural cariño por la tradición cultural correntina. Ve el acontecer del mundo desde ambas ópticas, no como una dicotomía sino como una armonía, y es música su escritura porque es también la escritura del poeta que siempre fue.

Darwy defiende la historia y el desenvolvimiento de su provincia con un fervor similar al que Marily ponía en su prédica a favor de la enseñanza del idioma guaraní en las escuelas. Él, que leyó a Virgilio y a Horacio en el latín original, y que leyó a Sartre y a Camus, también en el original francés, admira indeciblemente a una legión de autores correntinos, escritores como Gerardo Pisarello y Velmiro Ayala Gauna, y poetas como Gordiola Niella, David Martínez, Juan José Folguerá y otros poetas y escritores del pasado y del presente, que desde el poema o desde la letra de un chamamé, se expresan con un lirismo y una fidelidad telúrica que solo da el sentido de pertenencia.

Darwy y yo crecimos juntos en los primeros años de nuestra niñez. Nos reuníamos en la, para nosotros, mítica esquina de San Juan y Lavalle. Un día de finales de la década del ’40 desapareció. Al cabo de pocos años, tal vez el ’52 ó ’53, volvió desconocido. Ya no era el chico que jugaba a ser el D’Artagnan de Los tres mosqueteros. Volvió de un colegio religioso de Córdoba con los latines que allá aprendió minuciosamente y con sus primeros poemas que pronto leeríamos en casa de Marily Morales Segovia, casa que se convirtió en nuestro cenáculo literario de aquellos tiempos.

Y volvimos a reñirnos en nuestra mítica esquina de San Juan y Lavalle, pero ahora para discutir, comentar y celebrar toda literatura que cayera en nuestras manos, y apostábamos a favor de cualquier empresa o iniciativa que tuviera que ver con libros, autores, recitales y exposiciones. Y escribíamos y publicábamos y hasta creería que nos leían. Y Darwy, ya escribía muy bien y citaba mejor. Lo de las citas no es que haya aprendido de Borges ni probablemente de nadie. Es una técnica que se incorpora a la escritura merced a vastas lecturas, buen entendimiento de ellas y notable memoria. La cita no sólo engalana una página, sino que a veces aclara un texto, o provoca un buscado doble sentido, a veces en medio de un humor oscilante entre lo angélico y lo corrosivo. El mejor terreno de Darwy.

En aquellos años iniciáticos, mucho influyó en nosotros la actitud y la palabra de Carlos Emilio Castagnino, que tenía su estudio fotográfico, casi en la esquina de las calles 9 de Julio y Mendoza. Allí concurrían entre otros Chocoto Díaz de Vivar, Roque Iturriaga, el doctor Viveros, Cacho Calvo y otros locos que movían la rueda de la cultura, tal vez un poco esotérica y kafkiana pero dinámica y localmente creativa. Pero era Castagnino con su espíritu de Zaratustra quien nos estimulaba a un hacer sin pausa: escribir poesía o simplemente escribir, pintar, componer, salir de los convencionalismos sociales. Y solía decir, sobre todo a Marily y a Darwy: “¿Qué voy a hacer con mi cuerpo…? Su cuerpo era poco, pero de una envidiable fortaleza anímica llena de contagio.

Otro enorme personaje de aquellos años fue “el Gordo Blanco” (no pongo su nombre completo para no rozar siquiera la susceptibilidad de algún pariente o allegado). Era un personaje de novela, tan dionisiaco como a veces austero. Se desplazaba en una bicicleta a la que llamaba la cornuda por sus manubrios invertidos. Los sábados a la noche con él eran todo cerveza en casa non sanctas, donde a veces recitaba Melpómene, el poema de Capdevila o, como lo hizo cierta vez, pidió que pusieran en el tocadiscos el “Largo”, de Haendel. El Gordo Blanco tenía sólidas conexiones con el poder tanto laico como religioso, y poco antes de la fecha fatídica en que mataron a Juan José Cabral, nos alertó que “la Federal seguía nuestros pasos” y que debíamos cuidarnos. Darwy y yo fuimos dos de los muchos que corrieron perseguidos por la policía aquella noche del 15 de mayo de 1969.

No quería dejar de mencionar al Gordo Blanco, porque Darwy no pocas veces me pidió que escribiera alguna página sobre él. Pero vuelvo a este Darwy, que además de ser atropellado por los libros y la poesía, también le impactó, y mucho, el golpe de los hechos sociales. Los vive y los testimonia con esa fidelidad que tal vez sólo los correntinos pueden hacerlo, cuando se refieren a cosas de la patria chica. Y allí está su otra faceta: el periodismo. Por eso es un compendio, tanto de lo universal como del terruño donde ha nacido -ya está dicho.

Tal vez donde se lo puede leer y encontrar mejor, es en el libro organizado por Ramón Orlando Mendoza: “La literatura correntina en la cosmovisión de Darwy Berti”, en cuya tapa está su foto, que impresiona como un duende o un demonio del cielo, que sobrevuela el histórico edificio del café “El Mariscal”, su segundo hogar, donde regresa una y otra vez, con paso peripatético y voluntad de mediodía.

Resistencia, septiembre de 2017.