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Opinion Corrientes Miércoles 08 de noviembre de 2017 
El salario de los miedos
(Por Nicolás Toledo) La inflación que erosiona los bolsillos de los trabajadores- alimentada por el Gobierno con tarifazos, paritarias en baja, destrucción de la producción y el consumo nacional y exenciones impositivas a los sectores de mayores recursos- hizo necesaria a Cambiemos una estrategia para distraer de la merma del poder adquisitivo del salario

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Sucede que aún con el espaldarazo de unas elecciones legislativas ganadas con números importantes, el núcleo de votantes que acompañó a la propuesta oficial observa el futuro con mirada entre estupefacta y pesimista, generando una grieta de la que Cambiemos tomó debida nota para darle más importancia que a la otra, aquella creada mediáticamente por sus más conspicuos voceros periodísticos.

Ya es bien conocida la mentalidad del votante promedio de Macri: poco le importa la desaparición forzada y muerte de un tatuador sedicioso aliado de los mapuches y su encubrimiento por el Estado, pero las perspectivas de un horizonte de alza que recorte el poco consumo que todavía puede permitirse lo encrespa sobremanera. Para este votante, la pérdida de derechos laborales y las posibilidades atemorizantes de la precarización brutal están dejando de ser, aceleradamente, abstracciones que sólo le ocurrían a militantes y ñoquis K para pasar a formar parte de un espectro de posibilidades que, en muchos casos, ya se le presentó en los noventa.

Esto hace que la sociedad se encuentre sumida en un clima de insatisfacción constante que ya no alcanza a distender las promesas de brotes verdes, luces al final de los túneles, lluvia de inversiones y pobreza cero que al Presidente le significaron un arribo al poder que, en ausencia de proyectos concretos de gobierno, sirvieron para consolidarlo en el papel de arengador empresarial de un país. Esta insatisfacción, sin embargo, no pasa desapercibida para el aparato de propaganda de Cambiemos, capitaneado por Durán Barba y representado por un gabinete que privilegia la forma de la imagen por sobre la política real, y compuesto por todos los funcionarios, legisladores y aliados oficialistas. Rápidos de reflejos, los integrantes de la coalición de poderes macrista eligió la peor forma de huir para adelante en su intento de morigerar los efectos de su (des)gobierno: la destrucción de la República y la demolición del estado de derecho. Para ello echó mano de uno de sus socios más fuertes, el Poder Judicial, -convertido hace tiempo en partido integrante de la alianza gobernante- y lo empleó como temprano ariete en una escalada de abusos al propio Derecho que comenzó en enero de 2016 con el encarcelamiento injustificado de Milagro Sala, en Jujuy, llevado adelante gracias a la colusión de jueces y políticos locales y la aquiescencia de un Ejecutivo nacional para el que la transparencia en los procedimientos y su ajuste a la ley son un tomo ausente de su biblioteca.

A ese primer paso, casi tímido, repudiado sólo por aquellos que en la lógica binaria de Cambiemos adquiere la forma de “el enemigo” (Frente para la Victoria, organismos de Derechos Humanos, organizaciones sociales, dirigentes sindicales, la parte no adquirida en metálico del periodismo), le siguió toda una campaña de disciplinamiento en escritorio y en territorio. Causas, embargos, denuncias, carpetazos, represión en las calles, sirvieron para dispersar el foco de atención del público del fondo real de los problemas: la ideología de clase del mejor equipo de los últimos cincuenta años, que favorece sólo a esa parte del país al que pertenecen sus referentes; o sea, la que históricamente sostuvo sus beneficios a como dé lugar, por vías legales o de las otras.

La campaña de guerra total tuvo, en las últimas semanas, sus linchamientos más resonantes, las dos fotos más buscadas: las de Julio de Vido y Amado Boudou esposados, humillados, contradiciendo toda norma jurídica y ética.

Los traductores de la moral de Cambiemos presentan ambos hechos como el tributo en sangre a una justicia imparcial, incorruptible, que no se detiene ante el poder, pero la realidad es mucho más oscura. La Argentina está sumergiéndose de a poco en una democracia lábil, etérea, que se desdibuja en su verdadera esencia, de igualdad ante la ley, derecho a un proceso justo y respeto al disenso, para caer en un Estado totalitario sostenido por el sufragio, una nueva categoría de democracia leguleya e impura que interpreta la voluntad popular como una patente para tomar cualquier medida que atente contra la nación, su territorio y sus habitantes sin más argumento que el poder (mediático, policial, de inteligencia, judicial). Bastan como ejemplos de ese desdén por las normas humanas los repugnantes “festejos” de Elisa Carrió ante los arrestos y escarnio del ex ministro y del ex vicepresidente, que recuerdan a la carcajada de Hillary Clinton al enterarse del asesinato de Gadafi.

No hace falta el don de la clarividencia para arriesgar un pronóstico sobre el final de la situación nacional de persistir este estado de cosas, este vale todo que sólo admitirá un ganador. Ya tuvimos, en épocas pretéritas, sobrados ejemplos de lo que el desprecio por la condición de sujetos de derechos de los otros por parte de un Estado detona: abusos, silenciamiento a la prensa, detenciones ilegales, extorsiones, supresión de los sindicatos, muertes y desapariciones.

En dosis mayores a las actuales, por supuesto.