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Opinion Corrientes Domingo 11 de febrero de 2018 
La Resurrección de Monroe
(Por Arturo Zamudio Barrios) Guevara insistía ante los venezolanos: “Para Uds. la Democracia Representativa es como La Dulcinea del Toboso, frente a todo cuanto han padecido con su historial de dictaduras"

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Una nueva grieta
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Tarambanismo II
Venezuela, por eso, agotada por lo que era capaz de dar “La Dulcinea” encabeza, con Bolivia, salidas hacia un orden distinto sin poliarquía ni bi partidismo ni algunas de las tonterías a que nos acostumbró la larga vigencia, después de la Revolución Francesa, de la farsa democrática que Gramsci definió en sus escritos. Esa farsa re- bautizada solemnemente como Estado de Derecho, o sea el Estado cuyos miembros, iguales entre sí, apelan a una mediación, supuestamente neutral, en sus conflictos: el Poder Judicial, tercero entre los Poderes teorizados por Montesquieu en la célebre “L`Esprit de Lois”. ¿Alguna vez fue verdadero…? Quizás circunstancialmente, en aquellos sitios donde la burguesía gobernante se enfrentaba a sus iguales en la competencia, y no se veía obligada a prender fuego a un taller de obreras en huelga.

Pero también en ese campo muestra ya torpeza de clase decadente la lumpenburguesía, como la llama Jorge Beistein, acercándonos la calificación de Marx a la etapa en que la aristocracia, perdido ya todo rumbo, sólo ocasionaba destrozos entre los restos de vida social sujetos aún a sus mandos.

Pues, ahora, ya no es la burguesía triunfante, la de aquellos días plenos de expectativas, la que tenemos delante, sino la resaca de lo que nos dejó su historia. Y quizás el Estado argentino –o lo que haya sido alguna vez- nos brinde su mejor imagen.

Durante años, el crecimiento aparente en algunas zonas –a costa de otras, de hecho- hizo pensar en que clases inexistentes -¿existe acaso la clase media, que no sea ni propietaria de los elementos productivos ni venda su fuerza de trabajo a quien los posee?- superaban la tragedia arrastrada por el capitalismo. Carlos Fuentes destacó a menudo ese carácter “distintivo” de la vida argentina, poniéndolo como modelo a seguir, pese a provenir él del país que acunó la primera gran Revolución del Siglo XX. Mientras tanto, las formas dependientes de la economía rioplatense habrían de contradecirlo una y otra vez, aunque la costumbre de ocultar los nombres reales tras la apariencia, entorpecieran su visión acabada.

Porque si hay algo que Fuentes no vio fue el grado en que “la clase media” o seudo clase, de este país, fue su capacidad para crear en todo una farsa historiográfica. Cuando alguna traición se producía en beneficio de lo que los rudimentos de sociedad procuraban, jamás iba a describirse sus fundamentos reales, sin convertirlos en “cambio de opinión”. La agresión a otros pueblos, en cuya parte tomó muchas veces parte el nuevo Estado –colaboró con la agresión a la Confederación Peruanoboliviana, cuyo saldo es –como cualquiera sabe- la pérdida de la salida al mar de parte de la República de Bolivia; participó de la vergonzosa guerra contra el Paraguay, justificándola con una presunta “invasión” que nunca se produjo-. Y así de seguido: cuando en la batalla de Pavón, Urquiza retira las tropas sin combatir-o sea que traiciona a los combatientes- la explicación dada ha de ser el de “ayudar a la organización nacional”, no existente todavía, por supuesto, aun cuando todas las discusiones anteriores al enfrentamiento consideraran tal resultado como profundamente nocivo, y, por eso mismo, la obtención por el Poder delegado de un dominio absoluto sobre sus delegantes, rechazado una y otra vez desde 1830, concluye implantándose. ¿Podíamos llamar democrática tal cláusula, combatida enérgicamente por Ferré, cuando había sido sancionada en Francia bastante antes de la decapitación de Luis XVI?

La ejemplar clase media, pese a los numerosos “santanderes _-“traidores” para Venezuela- que en su seno sólo “cambiaban de pensar”, habría de entenderla base de una Democracia naciente. Y hasta se la llegó a rebautizar “la Nueva Argentina”, cuando inclusive el nombre le había sido arrebatado a la actualmente llamada Bolivia. Por eso, cuando en nuestros días nos encontramos en situación límite, cabe medir cuánto de espíritu santanderino ha anidado en los huesos de esta “nueva” y “vieja” que siempre fue la misma, tan dependiente del exterior ahora, cuando los “héroes” del asesinato andan por las calles, como cuando nuestros antepasados creían ser lo mejor del Universo. Y lo gracioso es que le endilgan a Alberdi el mérito de haber estructurado todo lo contrario de lo que el jurista eminente aconsejó. ¿Alberdi es culpable de esa industria concentrada en el Gran Buenos Aires, porque convenía a los proveedores de bienes de capital un poco antes de la segunda Guerra Mundial, cuya relación con la economía argentina variaba sólo en el tipo de mercancía si la comparamos con aquella del “Gran Negocio de las Carnes”?

No… sin duda, como hubiera reaccionado con violencia ante la amenaza a Venezuela envuelta en los “ejercicios militares” de los aliados estadounidenses en el Amazonas brasileño. Y la Argentina de los “aras perdidos” –se dice que el San Juan se perdió por espiar a la marina inglesa en aguas propias- y del desmantelamiento de la industria de la defensa, no ha vacilado en mostrarse solícito con la visita del Ejecutivo de la OIL Mobil, cuya aspiración al crudo venezolano no parece pintar muy bien. De ahí que amenace aquella “potencia recidiva” con la mayor exportación del petróleo de esquistos, contaminando todas las aguas del enorme territorio. Y el sector del medio pelo, la clase media, el factor de equilibrio político de Fuentes, ¿qué hacía en tal emergencia junto al energúmeno que la visitaba?

¿Aceptará la reprisse de la Doctrina Monroe que intenta el Departamento de Estado…ya bastante a destiempo, cuando el poderío del antiguo gigante se desgaja…? O recordará de nuevo a Alberdi al escribir que Monroe expresaba, ante todo el apetito de un país ya calificado por Bilbao: “ha dejado de ser americano para volverse simplemente yanqui”? Monroe… había sentenciado el autor de “El Crimen de la Guerra”- “mon roer, mi comida, mi pitanza…” Pero América Latina ha dejado ya de ser el gran bocado del monroísmo, y se ha vuelto el continente de un nuevo orden, muy lejos de la Dulcinea sobre que Guevara advertía.