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Opinion Corrientes Viernes 06 de marzo de 2018 
Urgencias para una unidad imprescindible
(Por Arturo Zamudio Barrios) No es fácil volver a los días del fin de la segunda guerra mundial y entender cuanto pasaba por la cabeza de sus protagonistas

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Sí recuerdo que el novelista Romain Gary encontraba dificultades para definir al hombre, como ser específico en medio del desastre y que, en el fondo, lo único que lo distinguía en la fauna existente era la de “sufrir del dolor de muelas, ante una carie, que, al caballo, por ejemplo, si le aparecía, no parecía molestarle…”.

Mientras tanto, en ese cerebro del mundo que había sido hasta entonces París, abundaban las reuniones sobre el porvenir de la cultura. Y André Lichnerovitz, profesor de la Sorbona, habría de expresar contundente: “La gente -los jóvenes- padecen de un profundo pesimismo, de una honda depresión, porque le hemos creado un mundo depresivo y pesimista…” Así que la gran sorpresa –que la maquinaria de guerra más poderosa de la historia hubiese sido aplastada por un país de Mujicks, como definiera Wells a la Unión Soviética- consistió también en que se podía ser pobre, y repartir lo poco sin abismales diferencias entre los magnates, a lo McPato, y el infeliz que vivía bajo las alcantarillas. En resumen, el capitalismo, hasta ese momento soberbio y seguro de su exclusividad como alternativa, empezaba a dudar acerca del “destino manifiesto”.

Hoy, con la mercantilización neoliberal de todo, hasta de las Universidades, resaltan aquellas diferencias tan manifiestas ya en los días del fin de la contienda. Porque ignorábamos que el capitalismo iba a reponerse de lo que creíamos su holocausto, o que iba a sobrevenir la caída del Muro de Berlín, cuyo saldo llevó a pensar en que el orden derrotado con la guerra, estaba lejos del revés definitivo. Llegamos a creer que el heroísmo increíble de la pequeña Cuba, era apenas ilusión efímera.

Por eso, nos cuesta captar que, a manera de defensa ante una decadencia que aparecía ya irresoluble, el capitalismo hubiese inventado nuevas formas de supervivencia. Una de ellas, compensar con Keynes el déficit de los propios mercados, cuyo acelerado enflaquecimiento obligara antes a guerras cada vez más absurdas –Alemania podía seguir en carrera porque su “contrincante”, Estados Unidos, le proveía de gasolina mediante la “neutralidad” escandinava, y territorios también al margen, como Suiza, servían de asiento a la maquinaria bélica, impidiendo que sus enemigos la destruyeran-.

Así pues, el cambio de situación habría de producir un acomplejamiento del orden social cuyo análisis, en nuestros días, nos conduce a rever parcialmente lo que nos legó el pasado o canonizó el período soviético: porque el crecimiento de los Estados periféricos permitía “compartir” ciertas ganancias de las naciones centrales, aprovechando el salario bajo de aquéllos, con algunos núcleos enriquecidos en quienes brotó la imagen de una “lucha de clases” superada. Así se explica el comportamiento de las capas intelectuales y de los intermediarios o la despolitización creciente –como observara Evo Morales- del aparato sindical en Ibeoramérica, donde se empezó, por consiguiente, a hablar no de clases, sino de “la sociedad”, o de una “democracia” sujeta a normas cuya violación era sólo torpeza, animadversión personal o “errores”, cuando el “estado de desechos” – como dicen los españoles, lo que hacía era mostrar su naturaleza al desnudo.

Pero esta complejidad del mundo burgués, cuya degeneración, por supuesto prosigue y se agiganta en el período neo liberal -8 familias adineradas son dueñas, directa o indirectamente, del 40 por ciento del PBI mundial- es lo que hace más difícil la lucha en su interior, sobre todo durante el período que Gramsci bautizó como “guerra de trincheras”, es decir, asentado en el debate y la acción de calles. Además, acentúa –escribe Hendrik Davi en “Contretemps: “Partido y Movimiento. Nuevas estrategias de organización frente al capitalismo…”- los nuevos rasgos del orden actual donde la posición del MIR venezolano, enojado porque la “Ley de Pacificación” impuesta por el Poder originario contradice, según este “socialismo”, el rasgo bélico de la “Guerra de Clases”; constituye un desdichado anacronismo. ¿O la Lucha de Clases supone, únicamente, emprenderla a tiros contra el régimen y no apreciar que toda clase en el poder no sólo reina gracias al aparato judicial, sino, en lo esencial, merced a su capacidad para convencer a los sectores bajo dominio, que el que viven, es el mejor de los mundos?

No faltan en nuestro país quienes ostenten ideas parecidas, y sólo revisándolas, cabe brindar realidad a la unidad indispensable que permita superar el retroceso cavernícola que ha caído sobre nuestras espaldas.