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Opinion Corrientes Martes 10 de abril de 2018 
Latinoamérica, Casa Tomada
(Por Nicolás Toledo) La maquinaria represiva de la hegemonía neoliberal, que hace un tiempo se asentó en América del Sur y puesta en marcha por gobiernos encuadrados dentro de las formalidades primarias de la democracia, dio en estos días una de las muestras más espectaculares de la obscenidad de su poder con la condena amañada, y posterior detención, de Lula en Brasil

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Por supuesto que a nadie puede sorprenderle que la escalada de hechos ilegítimos y las aberraciones jurídicas que pusieron a Michel Temer en la presidencia del país haya desembocado en lo que muchos intuían pero, al modo de los niños que se tapan los ojos creyendo así conjurar el peligro, esperaban no llegaría a suceder: antes del encarcelamiento de Lula sucedió el impeachment (angloeufemismo para denominar al golpe de estado legal perpetrado contra Dilma Rousseff por los conglomerados de poder que colocaron a Temer), la violenta reforma que arrasó derechos laborales, la avanzada judicial contra Lula (que blandió la invocación a la bestia negra esgrimida por las oligarquías para bendecir sus maniobras fraudulentas, la corrupción), el recorte en áreas de injerencia del Estado que afectan profundamente a lo social, la militarización de Río de Janeiro, el asesinato de referentes sociales surgidos del campo popular y el tiroteo a seguidores de Lula en una caravana de apoyo a su líder.

Al unísono, resurgía la vieja herramienta corporativa de la ultraderecha, el Ejército, para amenazar desembozadamente con una irrupción violenta en caso de un fallo que beneficiara al dirigente metalúrgico, en una muestra clara de clima de época de una región que vira sin disimulo a los totalitarismos consensuados con los instrumentos democráticos, el traje de temporada de los regímenes en otros tiempos violadores de la ley y que hoy descubrieron que es más beneficioso manipularla para obtener esa pátina de corrección que tanto aporta esgrimir a la hora de rebatir cuestionamientos sobre legitimidad.

La Argentina, desde diciembre de 2015, conoce la efectividad de la entente Gobierno- Poder Judicial- corporación mediática, que tuvo su temprano debut apenas cumplido el primer mes de Mauricio Macri en el poder, con la detención injustificada y con tufo a vendetta de Milagro Sala que el socio dilecto de Macri, Gerardo Morales, escogió para inaugurar su mandato, constituyendo a Jujuy en un globo de ensayo de las políticas persecutorias y represivas de la oposición que Cambiemos no tardaría en ejecutar en el plano nacional.

Gracias al activismo por la Memoria de organismos de Derechos Humanos, que supieron ser interpretadas y traducidas en políticas de sanciones efectivas contra los crímenes de lesa humanidad y la estigmatización social de sus actores, las Fuerzas Armadas esta vez no fueron llamadas a ser de la partida, por lo que el Gobierno eligió como brazo armado a las fuerzas de seguridad, con un campo de cuestionamiento tanto más acotado pero iguales de efectivas como ariete para la implementación de las políticas de ajuste económico, recortes de derechos laborales, beneficio a los pulpos financieros y asfixia a los sectores de menores recursos que la liga de los CEOs ofrecen como panacea de una crisis creada y alimentada por ellos mismos.

Los paralelismos son tentadores y pueden resultar alarmistas, pero habida cuenta de la tenaz persecución del partido judicial a los referentes opositores en nuestro país, no es arriesgado ni un exceso de inteligencia pronosticar, para el 2019 electoral, un despliegue semejante para contener a una Cristina Kirchner y a un campo popular que el oficialismo anuncia muertos pero a los que, paradójicamente, persiguen con esmerado ensañamiento. Algo de esto ya se vislumbró en los intencionados zócalos y notas de la usina mediática oficial, que preguntaban, con mayor o menor disimulo, para cuándo una detención de Cristina.

Es sabida y siempre verificable la capacidad de la derecha de generar sus propios anticuerpos. Este nuevo Plan Cóndor, atenuado y ajustado a derecho, viene a enmendar un poco los excesos que le costaron el fracaso a su antecesor sangriento de los ´70: los estrategas del Imperio aprendieron que los fusilamientos con carpetazos judiciales y operaciones periodísticas son menos violentos y más ruidosos que los ametrallamientos, pero igual de efectivos.

En este tan poco alentador panorama, cabe mutar un poco la definición de John William Cooke y decir que sin la democracia no se puede, pero que con ella sola no alcanza para imaginar nuevas formas de crear y potenciar una nueva forma de democracia más inclusiva, más justa y, por eso más legítima.

Ese, sin dudas, será el desafío elemental para la supervivencia de las naciones de nuestra Patria Grande y de la construcción y, por fin, de la preservación duradera de sus soberanías.