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Opinion Corrientes Viernes 22 de junio de 2018 
Lo imprescindible de un nuevo orden mundial
(Por Arturo Zamudio Barrios) Una foto, que el historiador Iñigo Sáez de Ugarte levantó de las redes sociales, y que nadie sabe cómo fue tomada en recinto clausurado para el mundo, el periodismo o la mirada intrusa, revela al mismo personaje que trataba de mostrar imponencia en Corea del Norte días más tarde, sentado, esta vez en Canadá, impertérrito y rodeado de la lacayuna Corte de la UE, durante el G7. ¡Los más poderosos del mundo, según su propia definición!

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Sin embargo, el historiador cubano Morales se burló de la pretensión, y aseguró que, de no haber surtido el efecto buscado la respuesta coreana, el mandamás norteamericano jamás hubiese aceptado la propuesta de paz mucho tiempo reclamada por Pyongyang. Por supuesto, la prensa amarilla habría de “informarnos” que el heroico país, capaz de doblegar a numerosos vencedores de la Segunda Guerra Mundial, medio siglo atrás, triunfaba en el encuentro en Singapur “al dejar de ser un paria mundial”. ¿Paria… un Estado cuya fortaleza le llevó en poco tiempo a defenderse con la eficacia de sus misiles de largo alcance, al que, por supuesto, China, Rusia o Irán, potencias todas, nunca dieron la espalda? Pero no tiene sentido ponerse a contestar a la prensa amarilla, siempre orquestada y tendenciosa.

Lo que aquí queremos puntualizar es otra cosa: mientras Trump se rodeaba de los gimoteantes exponentes de una Europa definitivamente venida a menos, círculos integrados por organizaciones sociales, grupos de izquierda y pensadores, ante la perspectiva de una nueva crisis como la de 2009, comenzaban a deliberar acerca de la necesidad –y posibilidad- de instaurar gobiernos populares en el Viejo Mundo. La emotiva Carta de Gabriele del Grande a Mateo Salvini, Ministro del Interior italiano, en “nombre –como escribe- de una generación que ha perdido tanto el mercado como la dignidad…”, describe, sin querer esta inquietud en crecimiento, al demandar la restitución de un Mar que fue, alguna vez oferta de paz, y ahora se ha convertido en grotesco cementerio. Que también en eso América Latina y el Caribe demuestran su humanidad mejor que el Viejo Mundo: entre 6 y 7 millones de refugiados han sido acogidos y ayudados aquí, inclusive hasta enseñando el idioma mediante la música, como en Venezuela.

Pero vayamos a la indagación que da comienzo, sobre la creación de gobiernos populares en Europa –Die Linke, en Alemania, Francia Insumisa y las entidades democráticas que albergan los “defensores del Sefarad”- todo un arco de pensamiento novedoso, en cuya gestación gravita, sin duda, el ejemplo de Latinoamérica. Naturalmente, un Poder Popular en Europa, cuyas clases dominantes anidan en las Finanzas, mientras los pequeños ahorristas, cuando la crisis adviene, son empujados a la calle, no piensa la democratización como Dilma Roussef o la Confederación pesquera Simón Bolívar, sino como órgano de socialización que coarte el poder financiero, combinando la movilización popular y obrera de calles con la intervención de sectores específicos, como el de los trabajadores bancarios.

Un viejo asunto en Europa, si se quiere: ya Marx en 1871, instaba a los comuneros a apoderarse del Banco de Francia, cuyas arcas se abrían para abastecer a las tropas de Versalles en capacidad de fuego y en hombres. La Comuna no lo hizo y pagó muy caro su error; medio siglo más tarde, Lenin sí, se apoderó de los bancos, aunque, “al estatizarlos a diestra y siniestra”, forjó sin pensarlo una enorme burocracia cuya labor “socialista” desembocó en “el Comisario” y la Nomenclatura, de quienes el pueblo ruso se desembarazará al final. El “Che”, a su vez, al apoderarse también de los bancos, advirtió en seguida sobre las consecuencias a sobrevenir si el socialismo no prestaba suficiente atención a las adecuaciones de la conciencia actuante. Y su sentencia está hoy más viva que nunca en gran parte del Nuevo Mundo, donde su ”Carta a los Argentinos” vuelve a leerse con unción, sobre todo a partir de las “movilizaciones verdes” de junio.

Por su parte, en nuestros días, asevera Erick Toussaint, estudioso de la Deuda Externa en su papel esclavizador de pueblos, cuando 42 personas tienen en sus manos la mitad del Producto Bruto Mundial, sólo cambios en profundidad –poner en manos de éstos su destino- pondrían remedio a la crisis en desenvolvimiento. Pues ahora, unos 2.400 millones –casi una tercera parte de la población planetaria- se halla en riesgo y la desigualdad se agiganta aceleradamente. Ahora bien: ¿qué medidas debería tomar un gobierno popular con respecto a los bancos, núcleo vivo de la burguesía financiera y centro corrosivo de lo que Wallerstein llama “el sistema mundo?”.

He ahí el punto a resolver. Toussaint, Sauvin y Chevalier insisten en la necesidad de reducir el Fondo propio bancario al 20 por ciento; prohibir la operatoria y el crédito entre entidades de depósito y de negocios; controlar estatalmente los Bancos Centrales, combatir la especulación y prohibir el “trading” de alta frecuencia. Todo lo cual supone un principio de autoridad sobre el mundo financiero cuya fuerza nazca, no del libre albedrío ni de la estatización, con la que se pretendió reemplazar a aquél, favoreciendo el enquistamiento de núcleos burocráticos, como en la Francia de la Segunda Postguerra. Por eso, los tres autores hablan de “Poder Socialista” fundado en representaciones del gobierno democrático, ahorristas y obreros, especialmente del área bancaria. Al revés, paradójicamente, de lo establecido por Lenin cuando, acogotado por el conflicto bélico, estableció la prioridad del Estado como exponente del nuevo orden social, sin contar con las organizaciones del trabajador bancario.

Pues...lo dijo alguna vez Frei Beto durante una discusión sobre el camino a seguir en la revolucionaria Cuba: ¿quién dejó escrito que el socialismo está obligado a ser estatista? Porque no hay duda de que una transición hacia un orden distinto se ha vuelto indispensable en nuestro siglo, cuando sólo el caos pesa sobre nuestros hombros y hasta, inclusive, la posibilidad de destruir el planeta mismo y sus habitantes, tarea que el capitalismo se halla muy lejos de poder cumplir. ¿Sirven acaso “los poderosos” reunidos en derredor del mandarín norteamericano, cuyo enojo con los vecinos canadienses –sus cómplices en más de un crimen- partió, a la inversa de lo escrito por la prensa amarilla, de que a la invitación del G7 +1, no la había aceptado Rusia?. Mientras tanto, Putin era condecorado por el Grupo de Shanghái y su actitud para con Trump distaba de la de los súbditos de la Unión Europea. Así, el viejo karateca reiteraba la posición rusa de siempre: una cosa es defender la paz; otra muy distinta, subordinarse a una “Armeé” ajena por poderosa que ella sea.