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Opinion Corrientes Martes 26 de junio de 2018 
De redes sociales y comentarios sexuales
(Por Alejandro Bovino Maciel) Las redes sociales: es un tema difícil. Creo que las redes son un instrumento más, un instrumento muy seductor porque hace pensar a la gente que su opinión es relevante socialmente, lo cual es engañoso

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100 mil “likes” en un post con opinión sobre política no lo convierte a uno en Karl Marx, por una sencilla razón: la gente que leyó a Marx tuvo que tomarse el trabajo de ir hilando datos y conceptos contenidos en “El capital” hasta arribar a varias conclusiones que después sí fueron determinantes para tener posiciones políticas y económicas que cambiaron el rumbo de la historia. En cambio, mil “likes” de un artículo efímero se reemplazan con otros mil “likes” en sentido contrario y esta rueda de opiniones, muchas de ellas banales, continúa sin cesar. Muchas veces sólo obtienen puntaje porque son cómicas, o satíricas, o sexuales. Pero siguen la regla de Heráklito: “todo pasa” y aunque tengan 100 mil “likes” mañana se olvidan…

También hay un uso benévolo de las redes. Hay formas de obtener noticias frescas. Los diarios en soporte papel están desapareciendo. Las noticias en internet están ocupando ese sitio. No obstante, las cifras de lectores de libros, aunque estos vengan en formato de tablets electrónicas, no han decrecido. Esto quiere decir –por ahora- que la lectura de obras más largas y complejas, como cuentos, novelas, poesías y ensayos continúa vigente. Eso no puede reemplazar una red social donde todo es breve, inmediato, fugaz. Las redes son el sitio ideal para gente superficial y snob porque allí todo es apariencias. Es un mundo de apariencias, de fotos con gente brindando y mostrando platos de comidas cuando la vista es muy secundario en la comida. Podés adornar un plato con colores y chucherías, pero si es una bazofia seguirá siendo incomible. Hay gente que ya sólo vive por medio de las fotos en Facebook. Cuando viajan aunque sea a 100 km de sus casas, necesitan imperiosamente registrar esa hazaña publicando fotos. Todo cuanto hacen, lo publican como si fuesen adolescentes. Y casi todo es insignificante, superfluo; pero ese monstruo que todos llevamos dentro y que se llama ‘Ego’ se siente halagado creyendo que el mundo lo admira. Las redes son el manicomio colectivo de los narcisistas. Hay que hacer caminatas para salud del cuerpo y gimnasia moral, para mantener a raya a ese energúmeno del Ego o de otro modo se devora a la persona.

Celulares, tablets, netbook…es la misma cosa, extensión de las redes que es lo que el 90% de las veces se gestionan en el celular. El predominio de lo visual ocasionó la pérdida de los detalles, la escritura (ortografía, sintaxis) se basa en el detalle, en si va con S o C, si el tiempo verbal se ajusta al género y número, en la forma de construir una frase en orden gramatical. Esas cosas. Todo eso se arrasó aunque por fortuna está volviendo. El lenguaje se vuelve un galimatías si pasamos por alto las reglas. Actualmente se valora mucho la escritura de un postulante para un puesto de trabajo, por ejemplo. Para el examen de ingreso a la universidad, por ejemplo. Restan puntos los errores gramaticales graves. Es encantador meterse en el teléfono a ver la pantallita que nos mantiene comunicados por medio de whas app, pero el peligro de hacernos adictos siempre está acechando.

El mundo de hoy se hizo complejo para todos, hasta para un astronauta. El escritor, la escritora no están exentos de eso. Creo (y en gran parte se lo debo a don Augusto Roa Bastos este consejo) que uno debe escribir para mantener con vida al dictador estético que desde adentro nuestro nos exige producir. Me cuesta mucho saciar eso, supongo que a todos. Quien escribe para “sentir el halago de los demás” se hace esclavo de esos demás. Yo prefiero hacer feliz al dictador de arte que mantengo a pan y agua en la celda más oscura de mi alma. Por esa razón, siempre tiene hambre, no apetito. Hambre. Si no devora, me devora. Ese león insaciable es mucho más difícil de satisfacer que las tres o cuatro personas del mundo exterior que han leído algo mío. Es un poco egoísta mi planteo –lo reconozco- pero nunca dije que soy perfecto, ni lo sugiero, ni lo sueño. De hecho, la gente perfecta no me gusta. Me recuerda lo que me enseñaba una de las monjas del beaterio donde me crié, “Nunca te juntes con gente que te diga que jamás toma vino: tienen vicios peores”.