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Opinion Corrientes Jueves 13 de setiembre de 2018 
El gobierno soft y golpes de mercado
(Por Alejandro Bovino Maciel) La última semana de agosto el mercado le dio claras señales de desconfianza al gobierno. Llamamos “mercado” a un conjunto casi invisible de entidades financieras (bancos, comisionistas, operadores de la Bolsa y empresas calificadoras de riesgos de inversiones, entre otros) y por lo visto, esta gente desconfía de la moneda argentina...

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...de la economía argentina y de las políticas argentinas en materia comercial, monetaria, financiera y sobre todo, fiscal. La política fiscal es el modo en el que un gobierno maneja la diferencia entre lo que recauda y lo que gasta, o, para decirlo en términos criollos, entre lo que entra y lo que sale de caja, entre el Debe y el Haber contable de la nación.

Este “mercado” del que el economista Adam Smith dijo que se maneja con una “mano invisible” ya que al ser múltiples los agentes que operan en él, no es posible asignar una decisión a Pedro o Juan, todos son parte de ese mercado y nadie es el responsable final de sus efectos. Por eso Smith dijo que tiene la mano invisible: se ven los efectos de sus medidas pero no sabemos a ciencia cierta quiénes fueron los anónimos que la causaron. Y esto funciona así porque el mundo del dinero, como el de la política, debe resguardarse detrás del anonimato para funcionar con eficacia. También las elecciones de presidentes, diputados y gobernantes son anónimas, para garantizar que nadie se vea obligado a nada.

Al ser anónimo, el mercado puede operar con total libertad y el único combustible que necesita para funcionar con normalidad es la confianza.

La confianza se dinamitó como pólvora la última semana de agosto, el dólar comenzó a trepar; lo que significa en realidad es que nuestro peso se devalúa, pierde valor nominal y real, y como el dólar se mantiene relativamente estable, comparándolos, decimos que el dólar subió.

El fin de semana, el presidente llamó a una reunión de emergencia en la quinta de Olivos. De ahí se desató un torbellino de rumores. Había convocado a sus partidarios y a sus aliados de Cambiemos: los radicales y la inefable Elisa Carrió y casi nadie más. Los econmistas Prat Gay y Melconian sonaban en todos los canales de TV como los futuros ministros. Marcos Peña entraba y salía de cada lista del gobierno cada media hora. Trascendían nombres y apellidos como en una baraja española. Todo era confuso y nadie del gobierno creyó necesario informar a la gente lo que se estaba decidiendo en Olivos, aunque eso afectara nuestro futuro como ciudadanos. Finalmente, dos días después, el presidente y el ministro de Economía salieron por cadena nacional a explicar los cambios que se habían decidido a puertas cerradas: un retoque del organigrama para dejar conformes a los monitores del Fondo Monetario Internacional y algunas medidas económicas de emergencia, como el regreso de las temidas retenciones a exportación que el campo detesta y que se había erigido como una de las promesas de campaña. Se eliminó el Ministerio de Salud, como si fuese ocioso para el Estado. También se diluyó el Ministerio de Trabajo, en medio de despidos, cierres de empresas y una precarización laboral como no se veía desde los ´90 de Ménem y secuaces.

Todo muy poco serio.

La respuesta del mercado no se hizo esperar, el dólar volvió a trepar de inmediato. La subida parecía incontenible hasta que hoy, seis días después, se logró calmar momentáneamente la baja de la moneda. Pero la Bolsa sigue en caída. El riesgo país subió a cifras similares a las que anunciaron el default del 2001. Y todo ahora gira alrededor de la deuda, la danza de bonos que vencen y reclaman moneda fresca, los intereses que habrá que pagar de nuevo al FMI por el préstamo que otorgó...

Pero conviene estar atento. En medio de promesas incumplidas por parte del gobierno, la única verdad que se mantiene vigente caiga quien caiga es el reflejo del mercado. Al comercio y las finanzas no hay quien le pueda engañar como al electorado. En ese mundo del mercado, las palabras valen poco y nada. Solo importan las cifras, y como todos sabemos, los números no mienten.