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Opinion Corrientes Viernes 14 de setiembre de 2018 
La olla de los magos
(Por Nicolás Toledo) Olla no. Hay que parar la olla. Hay que pararla, detenerla, como sea. No se trata de llenarla, eso no importa: hay que negarla, invisibilizarla, negarla

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¿Sabés quiénes eran buenos en eso de invisibilizar y negar? Los milicos, los milicos tenían una maestría hecha en eso. Desaparecían cosas, gente, hacían “fussh”, y las personas no estaban, desaparecían, no estaban ni vivas ni muertas, se iban a pasear a Europa. Claro que no actuaban solos, eh, no, para nada.

Los magos siempre necesitan la ayuda del público para su acto, siempre hacen subir a unos cuantos para que atestigüen la legitimidad de la magia empleada, la transparencia de la desaparición, y mirá cómo se hilan las cosas, los milicos también tenían quienes decían “esto está bien hecho, acá no hay nada que objetar, las autoridades obraron como deben”, y eso arrancaba aplausos, muchos, y hasta papelitos picados y vivas en el Mundial, en la guerra de Malvinas. Siempre supieron despertar la adhesión popular, los que oficiaron de ayudantes de los milicos y su magia.

Acá tengo que hacer un paréntesis y decir que estos ayudantes nunca fueron tan voluntariosos y desinteresados como los de los magos, sino más bien cobraban o recibían pequeños favorcitos de sus amigos milicos magos (que al comienzo fueron tres, como los reyes del 6 de enero, Rafael, Emilio y Orlando): mirá para allá y ¡abracadabra!, te doy Papel Prensa; acá está, acá no está y ¡shazam!, te estatizo la deuda de tu empresa.

O te garantizo aire en todos los medios.

O te disciplino a los delegados de tu yerbatera.

O mando a tu competidor a pasear a Europa en el Trencito de los Desaparecidos.

Y cierro paréntesis para seguir recordando que fueron muchos, muchos los que se quedaron viendo a los ayudantes en vez de depositar la mirada en las manos de los milimagos que hacían desaparecer, y no notaban- o hacían como que no notaban- que las tenían llenas de sangre, las manos. Sangre arrancada en la mesa de tortura, en el fusilamiento, en las violaciones, sangre de partos clandestinos, sangre mezclada con agua de río en los vuelos de la muerte.

Ollas de sangre en las manos.

Sangre que ahora vuelve a ser arrancada de la panza de una maestra que la única mugre que juntó en sus manos es la de la tiza y la yerba y del tizne de las papas peladas para auxiliar a los hambrientos del hambre que provocan los que le pusieron el punzón en las manos a los que le tatuaron las palabras “Olla no”, a Corina de Bonis, allí donde se cría el agujero de ese hambre que ella trataba de correr a ollazos.

Magia.

El Presidente siempre dice que no sabe hacer magia, que no es David Copperfield. Nada de abracadabra o shazam para él.

Sin embargo, siguen desapareciendo cosas como derechos, proyectos, salud, educación, ciencia, cultura, mientras las manos se mueven tan rápido que no dejan ver que están enrojeciéndose de sangre. O que no dejan ver los mismos ayudantes del público que colaboraron con los milimagos desaparecedores, los mismos que mostraban una postal derecha y humana entre los papelitos picados y, ahora, entre los globos amarillos.