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Opinion Corrientes Jueves 10 de octubre de 2018 
¡¡La corrupción no es nueva!!
(Por José Miguel Bonet) Tomás Moro: “Si el honor fuese rentable, todos serían honorables”. ¿Cuál fue el primer caso documentado de corrupción? Difícil saberlo. Algunos historiadores se remontan hasta el reinado de Ramsés IX, 1100 a.C., en Egipto

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Un tal Peser, antiguo funcionario del faraón, denunció en un documento los negocios sucios de otro funcionario que se había asociado con una banda de profanadores de tumbas, que, como diríamos hoy... ¡hacían los egipcios! Los griegos tampoco tenían un comportamiento ejemplar. En el año 324 a.C. Demóstenes, acusado de haberse apoderado de las sumas depositadas en la Acrópolis por el tesorero de Alejandro, fue condenado y obligado a huir. Y Pericle, conocido como el Incorruptible, fue acusado de haber especulado sobre los trabajos de construcción del Partenón.

Según Carlo Brioschi, la corrupción “es un fenómeno inextirpable porque respeta de forma rigurosa la ley de la reciprocidad. Según la lógica del intercambio, a cada favor corresponde un regalo interesado. Nadie puede impedir al partido en el poder que se cree una clientela de grandes electores que le ayuden en la gestión de los aparatos estatales y que disfruten de estos privilegios. Es algo natural y fisiológico”. Para Julián Santamaría, presidente de Noxa Consulting y catedrático de Ciencia Política en la Universidad Complutense de Madrid, “el electorado haría bien en entender que la corrupción es una lacra de todos los tiempos, que se refiere a la naturaleza humana. Se da en todos los países y en todas las épocas. En la actualidad es más frecuente en los países en vías de desarrollo, donde se combina una elevada burocracia, salarios bajos de los funcionarios y sistemas políticos autoritarios. Es cuando se da la situación esperpéntica: países emergentes, de escaso recursos y con una población que aspira a tener una forma de vida más elevada.

Antonio Argandoña cree que los ciudadanos “somos esquizofrénicos y tenemos como una doble moral. Aceptamos que en el mundo haya una cierta forma de corrupción que en el fondo no consideramos como tan mala. Tendemos a pensar que si a mí, como individuo, no me viene mal, es casi bueno si mueve algo de dinero. El razonamiento es: no me preocupa la corrupción siempre que no me perjudique a nivel personal”. De esta manera, “cuando un político roba, decimos que no hay derecho. Pero luego presumimos de haber evadido algún impuesto”.

Brioschi recuerda que “al lado del robo de los grandes siempre hay una corrupción inconsciente, de la que acabamos siendo todos responsables si aceptamos las reglas de un sistema ilegal, porque la micro corrupción siempre ha ido de la mano de la macroscópica”

Años de crecimiento e inclusión social, la crisis económica y una sociedad latinoamericana nueva, con generaciones exigentes que reclaman más y mejor democracia y no toleran la corrupción ni el poder absoluto, se están llevando por delante uno a uno a casi todos los Gobiernos populistas,En los noventa triunfó el liberalismo. El arranque del siglo XXI llegó con un enorme grito antineoliberal. ¿Ahora hay un giro a la derecha? Nadie parece apuntarse a esa tesis. Los datos indican más bien que los ciudadanos latinoamericanos, sobre todo las nuevas generaciones, después de lograr una mayor inclusión social y un aumento de la clase media, quieren más, se han vuelto muy críticos con el poder. Reconocen los logros de sus Gobiernos pero no se conforman,hay una línea común: las protestas reclaman mayor transparencia, lucha contra la corrupción y un recambio generacional,se canso de quien apela a los bajos instintos del votante con mentiras, groseras manipulaciones y promesas de imposible cumplimiento y de aquellos que aspiran a dividir y polarizar a la ciudadanía en grupos antagónicos (ricos frente a pobres, gente sencilla frente a casta) o en el señalamiento de una serie de enemigos, exteriores o interiores, como responsables de los males de la nación o pueblo y la consiguiente demanda de liberación de su yugo opresor; hay una larga lista, según los momentos, hay que quitar de nuestra sociedad ese gen populista, que nos conduce a una predisposición a la identificación tribal, étnica o nacionalista que pugna por situarse por encima de la consideración de todos nosotros como ciudadanos libres e iguales, sujetos de derechos inalienables.

En la Argentina la herencia más pesada no se ve, transcurre bajo la superficie. Es ese tejido social rasgado, anclado en una persistente anomia.

El problema no es en lo ideológico ni en lo programático, sino en el sentido común. Es el desafío de construir una sociabilidad normal, y la igualmente gigantesca dificultad para lograr un consenso sobre el propio significado del termino “normalidad”,Macri no ganó la elección en base a un relato épico o una utopía. Fue electo desde un cierto sentido común social, la sensatez de intentar vivir en un país normal. Y ello no es simple en la Argentina post-Kirchner, un país de clichés que siempre suman cero. Será un camino largo y cuesta arriba.

Lo importante es saber que el mundo que hoy estamos construyendo es un mundo de poder sin contrapoderes, que nos lleva a vivir pendientes del estado de ánimo colectivo y a percatarnos de que nunca antes estuvimos tan cerca de la mano de los manipuladores como lo estamos ahora.