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Opinion Corrientes Jueves 12 de diciembre de 2018 
El Carachento
(Por Silvia Fantozzi ).En los diccionarios, carachento significa sarnoso. Caracha es mugre, suciedad, en extenso se aplica a la capacidad de ser miserable. Roñoso. Al Carachento le gusta manejar el tiempo, el esfuerzo o los dineros que no son suyos.

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El Carachento Público quiere ahorrar fondos que tampoco son suyos. O invertir en pavadas innecesarias sugeridas por técnicos que no tienen la más remota idea de la realidad, (nunca tomaron un colectivo). Considera que la salud y la educación son lujos y que viviríamos mejor sin los pobres.

El Privado es igual. Se exhibe y es generoso con el sudor ajeno, se aprovecha de los que necesitan trabajo. Paga poco y exprime mucho. Embandera grandilocuencias y se hace amigo de los poderosos ofreciendo lo que cada quien quisiera. No se equivoca adivinando deseos.

En la intimidad cotidiana no aprendió a dar ni a recibir. Se esconde para que no se le note lo sórdido. Pura espuma.

El Carachento suspira por un mundo en el que se valoren sus sentimientos de desprecio hacia lo que se aparte de lo que considera superior. Ama todo lo que encubra su ignorancia. Aplasta aquello que le muestre la pelusa en el ombligo. Mercader de sí mismo, sabe venderse y ocultar las fallas de su producto.

Cuando se desploma cae como los juguetes con elástico que tuve en la infancia. Cae el sueño de las promesas. Los devotos repentinamente olvidan cualquier motivo de gratitud y lo culpan de todos sus males. Lo odian con la misma ceguera con la que disimulaban y explicaban sus faltas achacándoselas a otros; al viento norte, al cambio climático o las veleidades de los mercados de ultramar. Aquellas faltas graves eran justificadas como el llanto del bebé, un pedito atravesado, mal de ojo.

Los barros y los huevos podridos estallan en la cara de los buscadores de leche y miel sin esfuerzo.

Luego del derrumbe, del bonsái caído hacen leña. Sin embargo, acusaciones judiciales, amenazas a la integridad o a la moral de la madre, hermanas, tías, hijas del Carachento no surten más efecto que el vuelo de una mosca lejana, o algún volátil diminuto.

El Carachento desparrama mentiras, difama sin pudor, abre el dique de la mugre que nunca estuvo muy escondida y arremete renacido para salvar su banquito ya que su honor jamás le importó. Con el dinero mal habido entretiene a las nuevas víctimas en alucinaciones de poder. Víctimas que harán por él o en su nombre peores atrocidades que los anteriores. Empachados de promesas detrás de la ínsula como Sancho. Un carguito, una titularidad. Todos no le creen, no porque sean más vivos o más inteligentes sino porque ya cayeron mil veces. Ni bien sienten el tufo escapan. Ningún adorador de Carachento puede escuchar críticas ni escuchan razones. Colocan lápidas sobre los adversarios tildándolos de envidiosos, traidores, mentirosos, corruptos y otras estupideces baratas.

¿De dónde se agarra, cuál es el secreto de su éxito? El anzuelo es la codicia, el Carachento interior que todos y todas llevamos dentro, la aspiración de realizar proezas sin nada. Sin esfuerzo, sin años de preparación y sin invertir, poner poco y sacar mucho. La víctima es igual, pero no tiene agallas. Es un poquito más miedoso, tiene un poquito de pudor y prefiere ceder independencia y sentirse poderoso. Vengarse o sobresalir debajo del paraguas del Carachento le produce bienestar, un sentimiento de autoafirmación. Le encanta que otro haga lo que sueña despierto sin exponerse, sirviendo a una “causa” mugrienta. El Carachento vive tranquilo no siente miedo al rechazo, culpa, ni vergüenzas, es de teflón.

[Pequeña aclaración: que todos y todas anhelemos en un rincón secreto trepar el Himalaya, inventar la cura del cáncer, ser premio Nobel, o ganar el concurso de tango no significa que no podamos diferenciar entre la aspiración y la exigencia. La víctima del Carachento pretende realizar imposibles montada como un piojo en un mamut de utilería.

El Carachento no pertenece a una clase particular ni es privativo de la dirigencia de un país, de un club o de un hospital; mecánicos, alcaldes, directores de teatro, concesionarios de bufet, jugadores de ajedrez, monjas de kermese practican estos malabares con los ajenos. ¿Cómo salvarnos? Rezar todas las noches. Pedir en nuestras oraciones que no se nos cruce uno.