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Opinion Corrientes Domingo 29 de diciembre de 2018 
Leyendo al Dickens del liberalismo
(Por Alejandro Bovino Maciel) Cualquiera sea nuestra raza, lengua, religión o condición fiscal, nadie en occidente podrá negar la importancia que tuvo para la humanidad los acontecimientos que estallaron en París el 14 de julio de 1789...

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...con la toma de la Bastilla, el palacio de las Tullerías y la Asamblea Nacional que dio inicio a la Revolución francesa. Políticamente, la historia dio un vuelco tan fundamental que nada volvió a ser igual desde entonces. La comunidad humana despertó del largo letargo medieval, superó la descortesía de la Modernidad y comprendió que el ser social, el conjunto de ciudadanos, es más importante que un rey, un emperador o un papa juntos.

Uno llegaría a pensar que ese sacudón histórico produjo un sinfín de retratos literarios y sin embargo, sólo conozco tres novelas que se refieren en forma directa a la Revolución francesa: “Los dioses tienen sed”, de Anatole France; después la extraordinaria obra de Víctor Hugo “El noventa y tres” y por último, esta obra de Charles Dickens que acabo de leer: “Historia de dos ciudades: París y Londres”. Sobre Napoleón Bonaparte, que fue el epígono de la Revolución, hay cientos de obras, desde panfletos infames, culebrones por entregas hasta la magistral obra de León Tolstoi “Guerra y paz”. Pero de la causa del napoleonismo, que fue la Revolución, sólo conozco esas tres.

El sacudón de la Revolución vino a poner en obra el pensamiento liberal que acunaron los filósofos Locke, Bentham, Stuart Mill, Adam Smith, Rousseau, Voltaire y quizás, la Enciclopedia. Se podría decir que el descontento que producía en Europa la estratificación de la sociedad dividida entre nobles, clero y pueblo llano, no conformaba a la naciente burguesía que se veía reducida a una especie de servicio permanente sin reconocimiento. Si le sumamos la genética discapacidad de los Borbones para manejar el Estado, y sumamos que Francia fue desde sus inicios un pueblo díscolo y rebelde, tenemos preparado el terreno para ese terremoto social que se inició el 14 de julio de 1789.

Ese liberalismo representaba un legítimo reclamo social. Pero después, el liberalismo como doctrina económica y social continuó avanzando con los utilitaristas que antepusieron los valores materiales a los valores humanos y podríamos decir que la doctrina se fue al carajo, alentada por buenas intenciones en manos de canallas.

¿En qué consiste, básicamente, el liberalismo? En anular la regulación que tiene el Estado (o el gobierno, si lo prefiere) en la vida social. Los liberales no se cansan de decir “hay que achicar el Estado” como pregonaba cierto ingeniero en el pasado argentino. ¿Qué significa esto? Que el Estado debe dejar en manos del mercado (o su variante más domesticada, el comercio) toda la vida social. El Estado debe cobrar un mínimo de impuestos y dejar que cada cual sobreviva como pueda, sin asistir con cuidado de la salud pública, ni educación y acaso facilitar solamente un juez para dirimir los pleitos judiciales y nada más. El resto, que cada cual se arregle como pueda. Fanáticos de esta doctrina han llegado a proponer la abolición de las ideas, de los partidos políticos y las elecciones, para contratar un gobierno extranjero de alquiler, exclusivamente abocado a la tarea de administrar estas pocas obligaciones que le quedarían al Estado liberal modelo. ¿Se imaginan esto? ¿Ser gobernados por una empresa comercial? Los argentinos avanzamos un tanto, ya estamos siendo gobernados por empresarios, quizás el próximo paso sea alquilarnos un gobierno y dejémonos de ideas.

Estos avanzados renunciaron a tener fe en el ser humano para creer a ciegas que el mercado, el libre juego de oferta y demanda que arreglará las cosas entre las personas con la famosa “mano invisible” de Adam Smith. Según don Adam, cuando dos o más personas disputan unos bienes, hay un juego invisible de fuerzas que va acomodando los tantos y los intereses hasta llegar a un arreglo, ésa es la mano que no se ve. En la teoría, aunque preñada de metafísica ya que nadie sabe explicar quién maneja esa mano, todo suena muy bonito. Pero en la vida real sucede lo que ya podemos ver en cualquier documental de NatGeo: los animales más poderosos y feroces tienen toda la libertad de comerse a los más indefensos; mientras que los más indefensos (la gacela que no tiene armas, el manso carpincho que no sabe atacar) tienen toda la libertad del mundo de ser comidos. Y a esto, don Adam Smith llama “el acuerdo entre partes”, fórmula que si no es cínica, se le parece demasiado.

La obra de Dickens abre las puertas a esta pesadilla política obrando como puente entre dos mundos (Inglaterra y Francia) de principios del siglo XIX. A través de hechos circunstanciales que les suceden a sus personajes, destraba cada uno de los mecanismos sociales de esa época signada por dos revoluciones, la Industrial del vapor inglés y la Revolución francesa, el acontecimiento más perturbador y al mismo tiempo más luminoso que generó el espíritu humano en Occidente. La maestría de Dickens nos muestra al crudo los resultados de dejar a la sociedad bajo el amparo de esa “mano invisible”.

Cada sábado en este 2018 que se eclipsa, los chalecos amarillos renuevan en París la esperanza de 1789 de que la libertad no sea solamente una estatua en el puerto de EEUU para asegurar la única libertad sagrada para el liberalismo, la libertad de comercio que deja librados al mercado a los prójimos que se cobijan a su sombra.