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Opinion Corrientes Martes 31 de diciembre de 2018 
El aporte de Cristo (II)
( Por Alejandro Bovino). Al publicar la nota anterior sobre este mismo tema, la leyó mi carísima amiga Pepa Kostianovsky, concejal de la Municipalidad de Asunción, fina periodista de opiniones feroces y escritora de dos novelas. Además, por el apellido ya pueden inferir que es judía.

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El aporte de Cristo (I)
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Pepa, apostrofándome una reclama me respondió que Cristo no inventó el perdón, que la comunidad judía ya venía celebrando siglos antes el Yom Kipur o Día del Perdón que conmemoran 10 días después del Rosh Hasaná o Año Nuevo Judío. Son diez días en los que la comunidad debe meditar acerca del valor que tiene el perdón entre hermanos, y además, se exige que, de mediar algún delito, sea la víctima quien otorgue el perdón al ofensor. Eso me parece muy bien, siempre miré con sospecha esa costumbre que tienen los sacerdotes del papismo de perdonar culpas ajenas. No debería ser válido el perdón que otorga alguien que no está directamente involucrado en la contienda o conflicto. Siempre debería ser así, aunque mediaren fiscales, jueces y testigos, el verdadero perdón debe provenir siempre de la víctima, ese es el único modo de terminar con la cuestión para siempre.

Muy bien, estudiando la tradición del Yom Kippur he visto que se origina allá en el Sinaí, cuando Moisés baja furioso con las tablas de la Ley y ve al pueblo adorando al becerro de oro, en franca idolatría. Furioso, arroja las dos lápidas donde había escrito el dedo de Dios y arenga al pueblo pidiéndoles que se arrepientan y pidan colectivamente perdón por su falta.

El perdón de Cristo es otra cosa. Es el perdón en un marco jurídico específico. Cristo, frente a la mujer adúltera que según esa misma ley de Moisés debería haber sido apedreada hasta morir, consulta con su inteligencia y empieza perdonando él mismo como autoridad moral a la pecadora y luego insta a la muchedumbre, que ya tiene las piedras en las manos, a que la castiguen aquellos que estén totalmente limpios de faltas.

En este caso se trata de la transgresión de una ley divina del Pentateuco. Es una sola culpable, no una culpa colectiva como la del becerro, y es la autoridad moral (Cristo) quien otorga el perdón divino, pasando por encima de la ley. Luego, como recordarán, le recomienda “vete, y desde ahora no vuelvas a pecar”.

Esta segunda frase me enredó en un disenso con Voltaire. Desde hace varios años adquirí, entre otros, el vicio de disputar ideas con los muertos. Voltaire dice (Diccionario Filosófico) que con esa segunda frase, Cristo reconduce a la mujer a la ley mosaica. Yo disiento. Desde el punto de vista formal (si Cristo fuese solamente un juez) se podría aceptar la observación de Voltaire, pero sucede que Cristo, además, es un gran humanista y que detesta el dolor a pesar de los sevillanos que insisten con celebrar cada año la Semana Santa. A mi parco y quizás débil juicio Cristo le recomienda esto por una razón de prudencia, como si pensara para Sí mismo: “la próxima vez no estaré yo aquí para salvarla y la van a asesinar”.

Desde este punto, el cristianismo primitivo tendrá siempre una relación particular con la ley. Dividirá en la Edad Media entre ley civil y ley religiosa. Habrá dos códigos penales: el código penal del Estado y el del Derecho Canónico. El perdón que instala indultando esa ley de miras estrechas quiere invitar a los jueces, de ahí en más, a contemplar la naturaleza humana débil y torticera antes de expedir una sentencia. Invita a que ése mismo juez, antes de bajar el martillo se pregunte ¿qué hubiese hecho yo en su lugar?

Y tal vez el reo también se lo pregunte.

Ese es el perdón que trajo Cristo.