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Opinion Corrientes Lunes 01 de marzo de 2019 
Psicopatología del estafado
(Por Silvia Fantozzi) Al estafador le cuelgan todas las penas, archiconocido villano que devora víctimas inocentes. Pero, ¿cuán inocente es el estafado? El personaje, atiende dos miedos básicos, que son los mismos de la humanidad toda, para muestra basta un botón, decía mi abuela. El miedo a perder lo que tiene y a no conseguir lo que quiere. Y un plus que agrega de su cosecha: agenciarse algo con menos esfuerzo material, intelectual o moral

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Como se considera inimputable, el chaleco de víctima le queda justo, su frase favorita es “yo no jodo a nadie”. Claro, lo vienen a joder, le vienen a cortar el agua pero le ofrecen un descuento vía coima callejera al paso. Se va a hacer los dientes, y como le gusta ahorrar en donde es importante, (o no) sin discriminar, “elige” a la ahijada de su vecina que cree que está estudiando odontología.

Compra o alquila una casa “más barata” de lo que es; como decía H. lo barato sale carísimo. Descreído y desconfiado no tienen escudos protectores contra su cábala secreta: la codicia.

Le gusta creer en las promesas de cosas irrealizables como lo de las compras por tv; si esos productos funcionaran serían maravillosos inventos. Más no sirven. El asunto de la estafa es que no se puede reclamar porque el estafado fue solito por su propia libertad a ponerse la soga.

Con la esperanza del placer

En el terreno político –tema al que hay que referirse o sí o sí, o correr el riesgo de ser considerado un eunuco mental– Si le prometen seguridad compra, lo que sea. El estafado, como dijimos, teme perder sus posesiones, siente terror de que le quiten hasta el más mínimo alfiler y detesta correr riesgos, aunque es intrépido a la hora de subirse a cualquier moto prometedora y caer estúpidamente en trampas para bobos.

Permítanme recordar que el mundo nunca fue, es, ni será un lugar seguro. Desde que nacemos hasta que nos vamos. Desde el inicio de las civilizaciones, fuimos perseguidos por pterodáctilos, nubes de fotones y hordas vandálicas. En la Edad Media si alguien partía de un villorio a otro y debía atravesar el bosque lo despedían como si se muriera, el bosque, poblado de malhechores, duendes y otras alimañas devoraba, generalmente, al viajero. No existe ciudad grande sin ladrones y desmadrados de toda laya, nunca se privó el barro humano de sus márgenes, empujados por el hambre y el desamparo.

Por tanto, aquel que promete seguridad miente. Y el estafado prefiere el cómodo cobijo de la mentira. La bandera de “que el mosquito no me pique, que la lluvia no me moje”.

Después como buena víctima, pasiva, lanza su venganza con un contravoto o archisonantes frases de otros muros. Interpreta el castigo a su viveza como traición a su buena fe. Le queda adentro del tarro la mano codiciosa, de la que no sabe o no quiere o no puede saber nada.

Que no le roben y que le den algo acorde a la idea de sus merecimientos. Por siempre. El eterno retorno, el estafado ataca de nuevo.