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Opinion Corrientes Domingo 21 de abril de 2019 
Bolsonarismo al palo
(Por Alejandro Bovino).Creo que prestar atención a cuanto sucede a nuestro alrededor nos vuelve más críticos y nos ayuda a comprender este convulsivo y confuso siglo XXI de la Biblia y el calefón codo a codo.

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Analizar los cien primeros días de gobierno de un gobierno viene de la tradición política francesa: el regreso de Napoleón Bonaparte duró cien días y desde entonces se compara el futuro desempeño de un gobernante con su capacidad de trazar en el horizonte del tiempo las líneas de lo que será su política.

Los cien días de Jair Bolsonaro solo arrojan pobres resultados. El hombre que encandiló al electorado del Brasil con promesas de políticas de derecha bien marcadas con la triple promesa de 1) combatir la corrupción, 2) repuntar la economía que el gobierno anterior de Temer dejó cayendo en picada, y 3) detener la violencia social que siempre amenaza a un país con una brutal diferencia de clases y una marginación que roza alcanzar la mitad de la población total. Pero todo fue humo de campaña. No bien éste se disipó, empezaron a arreciar las denuncias que involucran a los hijos de Bolsonaro, todos enchufados al aparato estatal como buenos liberales siglo XXI y acusados de recibir depósitos bancarios, en especial Flávio, que es senador e inicialmente trató de defenderse con excusas comerciales, pero las pruebas de más depósitos en dólares en una cuenta que mantiene fuera del país lo dejaron sin argumento y el caso ya está en manos de los juzgados. Para quienes lo votaron, la decepción empezó a quitarles las vendas de los ojos: habían tenido intención de votar a Lula inicialmente, pero ante los reveses a los que fue sometido Lula por parte de una especie de cruzado de la decencia y juez de Curitiba, esos mismos votantes, de un modo visceral, se volcaron a votar a Bolsonaro, que representaba los valores opuestos. Ante esa ola de derechización que propuso Washington con Trump parecería que estos personajes prepotentes y ultraliberales “están de moda”. Como Trump, Jair empezó a proferir amenazas, matoneos de bajo fondo, insultos y amenazas. Dio resultado “en caliente” al fogonazo de una campaña torcida por el partido judicial de don Sergio Moro (ascendido a Ministro de Justicia de Bolsonaro) y con el ataque sufrido por don Jair en plena campaña, que lo puso como víctima ante la opinión pública. Pero ya entibiada la cancha, la fe del pueblo brasileño empieza a enfriar. Las tres patas que sostienen la mesa política de sostén del gobierno, empiezan a chocar. La embajada de EEUU exige ver las privatizaciones prometidas, pero el ala militar de Brasil no tiene demasiados cipayos y los señores militares, entre ellos nada más ni nada menos que el vicepresidente Hamilton Mourao, no aceptan privatizar empresas exitosas ni dilapidar bienes del Estado. Los evangélicos, que son la tercera pata de la mesa, se expresan proponiendo una especie de teocracia en la cual las leyes reflejen el Deuteronomio bíblico que devolvería al Brasil al Neolítico. Al mismo tiempo proponen como ministra a una “doctora” que no es doctora y “psicóloga” pero tampoco es psicóloga sino que sus títulos son “evangélicos”. Un mamarracho.

Ayer el presidente Bolsonaro declaró: “No nací para ser presidente, nací para ser soldado” cuando alguien le recordó que también su carrera militar fue bastante efímera y solo alcanzó el mediocre grado de capitán. En cien días la encuestadora Datafolha le trajo malas noticias: el 30 % de los brasileños consideran que su gobierno es pésimo o malo. Dilma, en su peor momento, solo alcanzó a tener un 10 % de desaprobación. Lula nunca pasó del 7 %.

En estos primeros tres meses Bolsonaro ya tuvo que despedir a dos ministros: el de Educación Ricardo Vélez declaró que los brasileños cuando salen al exterior se comportan como caníbales, roban las sábanas de los hoteles y los salvavidas de los aviones. Tuvo que renunciar una semana después. El ministro de Relaciones Exteriores Ernesto Araújo dijo, en la semana en la que Bolsonaro visitaba el Museo del Holocausto en Israel, que el nazismo fue un movimiento extremo de izquierda. Para agregar leña al fuego, Bolsonaro agregó que “el Holocauto puede perdonarse pero no olvidarse”. También Araújo tuvo que dimitir. Ambos ministros son discípulos de un ideólogo brasileño de ultraderecha que vive en Virginia (EEUU) desde donde sube videos y escritos en las redes sociales. El sujeto se llama Olavo de Carvalho y la va de gurú conservador pero en realidad los planteos son conspiro-paranoicos y muy agresivos. Bolsonaro lo considera también su numen, hace un mes en Washington lo sentó a su lado en una mesa de recepción y afirmó que Carvalho inició la “revolución” que lo llevó al gobierno. El ala militar de Hamilton Mourao rápidamente se despegó de esa compañía y los legisladores del partido oficial tampoco se sienten cómodos en compañía de Carvalho que ha llegado a escribir en sus post que, por ejemplo, las bebidas colas y gaseosas se endulzan con fetos abortados, que legalizar el matrimonio igualitario es legalizar la pedofilia, que el terremoto de 2001 en Haití es justo castigo de Dios por practicar ritos africanos.

Ante esta verdadera catarata de disparates, el ala militar se va despegando cada vez más de las internas de un gobierno que asume el desafío de tener que reformar el régimen de jubilaciones y pensiones sin contar ni siquiera con un tercio de los legisladores. Imagínese la situación: Bolsonaro se niega a negociar (no sé qué otra cosa será la política sino continuas negociaciones para llegar a un acuerdo) y el gobierno tiene solo 58 legisladores en un cuerpo multipartidario que está integrado por 594. Rodrigo Maia presidente de la Cámara de Diputados ha llegado a declarar que ya está harto de los abusos y la prepotencia. La reforma de las pensiones ha generado debates a los gritos. Todos se lanzan acusaciones cruzadas y no hay forma de vanzar un paso en el controvertido tema.

Hasta la fecha Bolsonaro solo puede ufanarse de haber aprobado una ley que facilita la adquisición de armas a la población. Sergio Moro, el exjuez y paladín de la justicia que prometía una revolución en seguridad, está guardado. Hace tiempo ni siquiera hace declaraciones.

Augusto Heleno Ribeiro, un ex general que supervisa las políticas de seguridad en el Gabinete, dice que se merecen esa reputación de mantenerse serenos. "Nuestro estilo es ser conciliadores, no incendiarios", dijo en una entrevista. "Eso es porque sabemos muy bien los peligros del extremismo".

A buen entendedor...