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Opinion Corrientes Miércoles 24 de abril de 2019 
Los niños y las ratas
(Por Alejandro Bovino Maciel) Los indicadores de salud avisan que hay un alarmante aumento de obesidad infantil. Uno lo puede ver en las calles, en los negocios, en los cines. Gente con sobrepeso se cruza a diario y ya sabemos todos los inconvenientes que ocasiona la obesidad o el sobrepeso

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Primero, en los huesos y articulaciones que se ven obligados a llevar una “carga extra” al peso para el que fueron diseñados por la naturaleza. Es como si lleváramos encima una mochila cargada con los kilos que nos sobran, las 24 horas. Pero además, forzamos al corazón a trabajar más y también a las arterias, pagando con presión alta el precio de nuestro descuido. Se facilita la aparición de diabetes y otras enfermedades glandulares.

Es un precio muy alto para algo que tiene una solución sencilla aunque depende enteramente de nuestra voluntad. Mucha gente a quien señalo que se desliza hacia el sobrepeso me pregunta, ¿y cuánto sería mi peso normal? El cálculo es muy simple para conocer aproximadamente el peso normal de cada uno. Basta conocer la estatura, todo lo que le sobra al metro nos indica el peso ideal. Por ejemplo, una persona que tiene 1 metro y 68 centímetros debería pesar alrededor de 68 kilos (dos o tres kilos más o kilos menos). Con ese sencillo cálculo tenemos una idea aproximada acerca del peso ideal de cada cual.

Ya cuando el sobrepeso excede los 15 o 20 kilos deberíamos encender la alarma por el cuidado de nuestra salud. Será necesario ver a una nutricionista para que nos asesore acerca de los alimentos, las calorías y la dieta saludable.

Pero me remonto a pasos antes. Creo, sin temor a equivocarme, que la clave está en la infancia. Por suerte tuve una mamá que cocinaba pésimo, ella no tenía ninguna vocación de gourmet y comer en mi casa era casi un ejercicio obligatorio. Quizás por esa razón nunca tuve grandes problemas con el peso. Tampoco tengo desesperación por comer. Ni repito los platos ni necesito entrada, plato, postre y café que, de hecho, casi nunca bebo. Me conformo con un plato de comida y disfrutar si estoy en una reunión con amigos. Sin embargo he detectado que tratamos a los bebés y los niños como las ratas de laboratorio: cada vez que queremos conseguir algo de ellos, les ofrecemos comida, preferentemente dulces. O les prometemos que si hacen esto o lo otro los llevaremos a Mac X a comer cuasi basura hecha de fritos y grasas, con gaseosas repletas de azúcares. Vale decir, nosotros mismos estamos entrenando a nuestros hijos como se hace en los laboratorios con las ratas albinas, si hacen lo que les enseñamos, los premiamos con alimento. Desde ese momento la mente infantil se va troquelando (algo nos enseñó el conductismo pavlotiano) y asocian la felicidad con la comida: padres contentos, comida lista.

¿Qué creen que pasará por la mente del adolescente después? Cada vez que estén algo tristes: ¡Ya sé! Me como media heladera y volveré a ser feliz. Y así empieza el circuito malsano que nos lleva a pensar que no hay tristezas, vacío, angustias que un buen asado no calme. O sentarse a ver la TV armado con comida chatarra, fritos, dulces y gaseosas. ¿Quién no se fastidiaría en esos microcines de ahora que huelen a “pochoclos” y nachos con salsa? Eliminamos el humo del tabaco porque era nocivo, pero la comida chatarra a cada rato también es peligrosa, y nos promete un mundo de gente sofocada por la voracidad. Y condenada a vivir toda la vida atada a un peso extra que va limitando poco a poco el movimiento, la independencia para moverse y la libertad personal.