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Opinion Corrientes Sábado 10 de mayo de 2019 
La política en tiempo de crisis
(Por José Miguel Bonet, desde Mburucuyá) No hace falta irse a la Roma clásica para constatar que una sociedad requiere de virtudes públicas. Ahora mismo, la crisis económica ha puesto al descubierto suficiente mugre como para preguntarse si la autenticidad de una democracia es practicable sin una dosis mínima de espíritu público

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De una parte procuran una válvula de escape, llegar a casa y poner la televisión para alejarse de los problemas. De otra activan una vulgarización brutal de la opinión pública, la emergencia de opciones públicas degradadas y el encapsulamiento de los mensajes políticos hasta extremos de desatino colectivo. Todo lo más espurio y superficial se contagia. Ya no es solo banalidad televisiva o barullo tertuliano. Representa el desgaste de todos aquellos valores que una sociedad comparte en libertad y que tienen que ver con la estabilidad cohesiva, con los vínculos entre generaciones. En fin, con las virtudes públicas.

Las virtudes públicas significan ejemplaridad. Ahí es aplicable el principio del cristal roto. En una zona urbana en crisis, un cristal roto que no se repone con diligencia acaba por ir deteriorando más la cohesión y el equilibrio de la zona. Del mismo modo, el principio de tolerancia cero —fórmula tal vez antipática— significa que no atajar el delito menor contribuye a expandir la delincuencia mayor.

Ambas tesis tienen su concreción en la vida actual de los partidos políticos, aunque la mayoría de sus protagonistas y seguidores sean de toda integridad, con vocación de contribuir al bien común. Pero lo que más se ve son las operaciones con facturas falsas. Es, a otra escala, el “con o sin IVA.

Es de reconocer en democracia no solo la falibilidad de la política: también el voto es falible. Es el sistema de prueba y error por el que las democracias logran enderezar su transcurso. Esa es una de las mejores razones del pluralismo. La libertad de elegir es a la vez un valor moral.

Virtudes públicas y libertades son entidades que se complementan. De ella se nutre la vida de las instituciones y el debate en la plaza pública mientras que una sociedad de facturas falsas fomenta el irrespeto por la ley. En las sociedades clientelares, el bien público se reparte entre bastidores, como despojo de un saqueo. No es por casualidad que en las etapas de crecimiento la corrupción pública subleve menos que en fases de recesión. Así mismo, con las crisis económicas baja la confianza en los partidos políticos.

Al hecho de que las demandas sociales estén desarticuladas se añade la circunstancia de que tales reivindicaciones son plurales, lógicamente, y en ocasiones incompatibles o contradictorias: unos quieren más impuestos y otros menos, unos droga libre y otros protección de la intimidad y la propiedad, a unos les preocupa que haya menos libertades y a otros que haya demasiados emigrantes… Sin una valoración política es difícil saber cuándo se trata del bloqueo de reformas necesarias o de una protesta frente al abuso de los representantes, he ahí un cometido prioritario para articular una opinión pública menos sujeta a tantos vaivenes. También generar opinión requiere virtudes.

Y para terminar, la sociedad se debate entre la desconfianza y la credulidad...¿¿¿son sentimientos contrarios ?????. Si desconfío de alguien, no creo en nada que proceda de él. Pero en política no sucede así. Las encuestas dicen que los ciudadanos no confían en sus políticos. Piensan que no cumplen sus promesas. No solucionan los problemas, sino que son parte del problema; la desconfianza en los políticos alienta una escandalosa credulidad: son capaces de todo. Las conspiraciones ejercen un singular atractivo sobre la mente humana, pero ya Popper indicó que la credulidad conspirativa ha tenido graves derivas históricas porque favorece los totalitarismos. Por eso es conveniente que la desconfianza conduzca al pensamiento crítico riguroso, y no a una credulidad debilitadora.