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Sociedad Corrientes Jueves 25 de marzo de 2019 
Homilía en la solemnidad de la Anunciación del Señor Corrientes, 25 de marzo de 2019 La vida humana y la creación entera es la gran causa de Dios, porque el Dios en quien creemos es el Dios de la Vida, el que se reveló en Jesús, muerto y resucitado, Señor de la vida y de la historia, “el Emanuel, que significa Dios está con nosotros” (Is 8,10). Creemos en un Dios de vivos y no de muertos (cf. Mc 12,26-27). Si perdemos esta perspectiva, todo se derrumba y priva de sentido. Al que no cree que Dios interviene en la historia de los hombres, lo único que le queda es la gris sucesión de los días con un final incierto. En su corazón no hay lugar para la esperanza, sino solo para alguna suerte de bienestar pasajero, que jamás alcanza para saciar el anhelo de vida y felicidad para el que fue creado el ser humano. Ahora bien, el hombre por sí mismo, ¿puede darse esa vida y felicidad que tanto anhela? La respuesta es obvia: no puede darse la vida a sí mismo y, en consecuencia, tampoco puede darse esa plenitud que llamamos felicidad. El intento de adueñarse de sí mismo y de no responder ante nadie de sus decisiones, es una fantasía que acompaña al hombre desde sus orígenes. Ese deseo de ser dios, amo absoluto de su propia vida, fue lo que precipitó al hombre hacia su desgracia. Negar el límite y las posibilidades que le otorga su condición de creatura corporal y espiritual lo conduce a la blasfemia: es decir, a renegar de su Creador. En esa desgracia, que llamamos pecado, Dios se manifiesta maravillosamente misericordioso y no abandona a su criatura. Insiste con una paciencia increíble y amorosa en llamarlo a la vida y, además, en proponerle desarrollarla juntos. La negación del hombre a esa propuesta de Dios Creador introduce el caos en sus vínculos fundamentales: con Dios, con el otro y con las cosas. El Maligno, llamado también Padre de la Mentira o demonio, es el que engaña y confunde al hombre haciéndole creer que es Dios quien lo priva de felicidad y que la misma estaría a su plena disposición si Dios no existiera y él pudiera tomar su lugar. Hoy asistimos a una ola engañosa que nos quiere hacer creer que Dios se reduce solo a lo que siento y percibo de él. Es algo mío, y como tal está sometido a mi dominio, y en lo mío nadie tiene derecho a meterse. Dios ya no es un interlocutor, deja de ser alguien con quien establecer un diálogo, se limita solamente a algo que me gustaría que fuera, es decir, Dios se convierte en una ficción. Una confusión semejante sucede con el modo de tratar el propio cuerpo: se nos dice que gozamos plenos derechos sobre él, y que con él se puede hacer lo que más le conviene a uno. El cuerpo y el individuo dejan de ser un lugar para el encuentro con el otro, y se consideran solo como objetos de placer y bienestar propios. Hoy no se tolera que haya algo que sea dado y que, como tal, deba ser reconocido, amado y desarrollado; todo se deconstruye y construye de acuerdo con lo que siento y deseo hoy y ahora. Esta ola, que confunde a mucha gente, especialmente a los niños, adolescente y jóvenes, niega la realidad y construye ilusiones a partir de ideas, tal cual como lo hace el autor en una obra literaria de ficción. Una joven, casi adolescente, de un pueblo sin importancia, vive una experiencia inédita y desconcertante: El Ángel la saluda con un “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo” y enseguida la deja perpleja con su proposición: “Concebirás y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús”. Cuando María escuchó ese anuncio, quedó paralizada porque esa propuesta no cabía en la lógica de su fe judía ni en su razonamiento humano. Por eso pregunta: “¿Cómo puede ser eso, si yo no tengo relación con ningún hombre?”, pregunta que nos hacemos también nosotros para poder entender la mente y el corazón de Dios y cuál es su voluntad. La respuesta de María es de una profundidad increíble, porque no solo supera las normas religiosas de su tiempo, sino que arriesga peligrosamente su compromiso contraído con José. Para comprender la respuesta de la Virgen: “Yo soy la servidora del Señor, que se haga en mí según tu Palabra”, es necesario creer que Dios realmente interviene en la historia de los hombres y que las únicas leyes de la creación no son las que caben en la mente limitada de los hombres. Si él es el Señor de la Historia y los hombres fuimos llamados a colaborar con él para llevarla a su plenitud por el amor, la creación no es solo lo que podemos ver, tocar, medir y pesar, por más que nos apliquemos a ello con los instrumentos más avanzados de la ciencia. La bienaventurada Virgen María se dispuso toda a cumplir la voluntad de Dios, aun cuando esa voluntad le exigía correr riesgos y realizar grandes esfuerzos para cumplir fielmente la palabra que ha prometido en la Anunciación. Luego, en la Carta a los Hebreos, el autor sagrado explica la disposición que tuvo Cristo ante la voluntad de su Padre al entrar en el mundo: “Aquí estoy, yo vengo para hacer tu voluntad”. Esa es también la súplica que Jesús nos enseñó para dirigirnos al Padre: “Que se haga tu voluntad en la tierra como en el cielo”. Pedir que se haga su voluntad no es resignación obsecuente, como nos bien lo demuestra la Virgen en la Anunciación, sino aceptar la propuesta que Dios nos hace para desarrollar juntos la maravillosa tarea de humanizarnos y llevar a su máxima evolución y belleza a toda la creación. Para ello, creyente está siempre atento para discernir que su voluntad no vaya en contra de la voluntad de Dios, y dispuesto a adherirse plenamente a lo que Dios quiere, con la profunda convicción de que aquello que él nos propone es lo mejor para nosotros. En esto consiste la belleza del amor de Dios, del cual nos hizo participar cuando nos bautizaron. Fuimos sumergidos en la muerte y resurrección de Jesús; llamados a identificarnos con la voluntad amorosa y liberadora de Dios, y enviados a ser testigos audaces y fervorosos de la Buena Noticia de la salvación. El deseo de Dios es la vida y la felicidad de todos los hombres. Esa es su voluntad y también su causa, por la que arriesgó todo, para llegar hasta donde nosotros jamás podríamos haberlo logrado por nosotros mismos: restablecer la amistad con él, entre nosotros y con la creación. Fuimos bautizados y enviados, discípulos misioneros, para compartir con todos la alegría de la vida, que es mucho más que una euforia pasajera, se trata de esa alegría que nace del encuentro con Jesús y se irradia hacia el encuentro con los otros, sin exclusiones ni discriminaciones, y privilegiando siempre a los más débiles e indefensos. Entre los que corren serios riesgos de perder su derecho inalienable a la vida son los niños por nacer y con ellos pierden vida las mujeres que los engendraron. Hoy, que recordamos el “Día del Niño por Nacer” –jornada que intencional y lamentablemente desapareció del calendario– es muy importante caer en la cuenta de que defender la vida del niño por nacer, es defender la vida de la madre, su vida física, psíquica, emocional y espiritual. Y junto a la madre es necesario colocar también al padre, otro ausente en esta lucha por cuidar la vida de la madre y del recién nacido. Si no cuidamos y defendemos el derecho que tiene todo ser humano a nacer, y, por consiguiente, a respetar y colaborar en su desarrollo a lo largo de toda su vida, comprometemos el diálogo y el encuentro que tanto necesitamos los argentinos. El diálogo y el encuentro nacen entre los que aman, cuidan y defienden toda vida, por toda vida vale. Nos alegramos porque el “Día de la Vida por Nacer” fue iniciativa de un correntino, que luego se sancionó por un decreto presidencial el año 1998. En ese decreto leemos, por ejemplo, “Que la vida, el mayor de los dones, tiene un valor inviolable y una dignidad irrepetible; y que el derecho a la vida no es una cuestión de ideología, ni de religión, sino una emanación de la naturaleza humana”. No es de extrañar que esa iniciativa de cuidar la vida por nacer haya surgido en un pueblo, que posee en sus orígenes dos signos fuertes de vida y esperanza como son la Cruz de los Milagros y la Virgen de Itatí. Estemos atentos para que no nos quiten esos signos que nos hicieron pueblo y en su lugar coloquen los postulados colonizadores de ideologías que promueven la cultura de la muerte. Conservemos un gran aprecio por los signos que fecundan la memoria cristiana de nuestro pueblo, con la convicción de que la convivencia pacífica y fraterna solo es posible en la valoración de la diversidad y en el mutuo respeto. Practiquemos con audacia y fervor la cristiana costumbre de hacer la señal de la cruz. Con ella profesamos nuestra fe en el poder del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Es el signo de vida y de amor de Dios que desean los padres cuando bendicen con ella la frente de sus hijos, los hijos la frente de sus sus padres y los esposos entre sí; cuando pasamos frente a una iglesia, y cuando la pedimos al sacerdote. Que nuestra tierna Madre de Itatí nos cuide a todos y acompañe especialmente a las madres y a la vida por nacer que late en ellas, a sus esposos y sus familias. †Andrés Stanovnik OFMCap Arzob


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